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lunes 22 julio 2024
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Francisco Grandmontagne, agente literario de Unamuno en Hispanoamérica

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Francisco Grandmontagne, agente literario de Unamuno en Hispanoamérica

 

 

FRANCISCO GRANDMONTAGNE INTRODUJO A MIGUEL DE UNAMUNO EN LA PRENSA HISPANOMARICANA, CUYOS ARTÍCULOS FUERON LEÍDOS DESDE LA PATAGONIA HASTA ESTADOS UNIDOS.

 

 

1.- El homenaje a Francisco Grandmontagne en Madrid

2.- Los orígenes de Francisco Grandmontagne

3.- La relación de Miguel de Unamuno con Grandmontagne

4.- Miguel de Unamuno, corresponsal en la prensa hispanoamericana

5.- La ruptura de Unamuno con Grandmontagne

6.- Primo de Rivera propuso a Grandmontagne como embajador en Argentina

7.- La marginación de Grandmontagne

 

 

1.- EL HOMENAJE A FRANCISCO GRANDMONTAGNE EN MADRID

En 1921, lo más granado de la Generación del 98 ofreció un sonado homenaje en Madrid a Francisco Grandmontagne Otaegui, un personaje hoy desconocido y con la totalidad de sus obras descatalogadas, cuyas dotes literarias quedaron frustradas al abandonar la narrativa por la labor periodística que desempeñó en los principales periódicos de Argentina con eco en Europa, a los que atrajo a numerosos escritores españoles.

Fueron muchos los que acudieron a él para conseguir colaboraciones en la prensa de aquel país, doblemente remuneradas que las españolas. Era algo similar a lo que hoy conocemos como un “agente literario”. Aquel acto fue ideado por Ramón Gómez de la Serna en el Café Pombo junto a Azorín y Pérez de Ayala.

El evento acaeció en el castizo Mesón del Segoviano, un lugar muy popular, así denominado porque su dueño, Santiago González, era natural de Castillejo de Mesleón (Segovia). César González Ruano describía a aquel peculiar mesonero como “hombre rechoncho y jocundo como Sancho Panza”. Se había casado con una sirvienta del también segoviano Juan de Contreras y López de Ayala, Marqués de Lozoya, que tenía un arte especial para cocinar en plena calle y convertir a los curiosos en clientes, en este caso la pléyade literaria madrileña.

Santiago era consciente de que su mesón se estaba convirtiendo en un lugar de atracción para el mundo de las letras, tan importante como la cripta de Pombo. Por ello, encargó a un pintor castizo, llamado Arturito, que adornara las paredes y la entrada con unos dibujos goyescos, para que los asistentes se sintieran como acompañados por Solana o Zuloaga. Al tiempo que se servía de José Sánchez Rojas, el escritor republicano de Alba de Tormes, como gancho para llevar a sus conocidos al establecimiento.

Los convocantes encargaron unos tarjetones de invitación, que circulaban por toda la ciudad, que decía:

“Cédula para el convite con que un grupo de artistas independientes agasajan a Francisco Grandmontagne, embajador intelectual de España en Argentina, el día 8 de junio de 1921, en la Posada de San Pedro, gobernada por Santiago González, el Segoviano. Se halla en la Cava Baja número 28.

Memorial del convite: aceitunas al aliño con limón, sopa segoviana, abadejo al ajo arriero, pierna de cordero lardeada, queso manchego, fruta de la tierra, vino de Méntrida y hogaza.

Taller de brindis: Epístola Nuncupatoria, de Ramón López de Ayala; Cuartillas, de Ramón Gómez de la Serna; Poesía de Antonio Machado y Acción de Gracias de Grandmontagne.

Su precio: quince blancas”.

Aparte de los mencionados, la asistencia resultó generosa entre escritores y artistas, como Américo Castro, Díez-Caneja, Raquel Meller, Mariano Belliure, Antonia Mercé la Argentinita, Romero de Torres, el guitarrista Ramón Montoya, Eduardo Marquina, el cantaor Antonio Chacón, Wenceslao Fernández-Flórez, Martínez Barrios, Azorín, Manuel Machado, Indalecio Prieto, Carlos Arniches, Gregorio Marañón y Eugenio d’Ors. Otros no pudieron asistir, pero felicitaron a Grandmontagne en la prensa, tal fue el caso de Ramón y Cajal, Pío Baroja y Ramiro de Maeztu. Estaban todos… menos Miguel de Unamuno.

 

2.- LOS ORÍGENES DE FRANCISCO GRANDMONTAGNE

Francisco Grandmontagne era de familia vasca. Había nacido en la localidad burgalesa de Barbadillo de Herreros, junto a Salas de los Infantes, donde sus padres habían acudido al reclamo del trabajo que proporcionaba la Fábrica de Fundición de Hierro, más conocida como El Ferrón. La muerte prematura de su madre le obligó a realizar los primeros estudios en Fuenterrabía, acogido por su tío Claudio Otaegui, persona de amplia formación que influyó en él decisivamente. Por Otaegui conoció en Behovia (Francia) a Víctor Hugo y al filólogo Louis Lucien Bonaparte, sobrino del emperador Napoleón III Bonaparte. Pero, su padre también fallece y, a los veintiún años decide tomar el camino de la emigración a Hispanoamérica.

Se establece en Buenos Aires, tomando trabajos precarios, como el de pastor en la Pampa, compartiendo la vida campestre con los gauchos. Así se lo trasmitía a Unamuno: “Caí en el país con tres reales en el bolsillo, muerto mi padre, en calidad de carne de inmigración, con dos mil más en la cubierta del barco”. Sin embargo, el bagaje cultural que llevaba le permitió remontar el vuelo. Escribe dos novelas, Teodoro Foronda y La Maldonada, de profunda raigambre argentina, y se adentra en el mundo periodístico en rotativas bonaerenses como La Nación, El País y El Tiempo con artículos que divulgaban la obra de los escritores españoles consagrados.

Recibió una crucial ayuda del uruguayo Miguel Cané, escritor e Intendente en Buenos Aires, tras haber sido aludido por Grandmontagne en la prensa con un artículo que le llamó la atención: “Los inmigrantes que llegan a la Argentina, sin más bienes de fortuna que los caminos y las estrellas, se tornan al poco tiempo altivos y soberbios. El secreto de este súbito cambio radica en las oportunidades que le ofrece el país de saltar de proletarios a propietarios. La grandeza de América, señor Cané, reside en dar soberbia a los que, en otros medios sociales y económicos, jamás pudieron tenerla”.

 

3.- LA RELACIÓN DE MIGUEL DE UNAMUNO CON GRANDMONTAGNE

En 1893, Grandmontagne funda la revista La Vasconia, que dirige durante nueve años, junto con el tipógrafo y escritor vasco José Rufo de Uriarte, con una difusión espectacular que llegaba a todos los países hispanoamericanos, a juzgar por el origen de las suscripciones que tuvo. Escribe numerosos artículos, principalmente, biografías de personalidades vascas, con el pseudónimo de Luis de Jaizkíbel (nombre del monte situado en la desembocadura del río Bidasoa, junto a Fuenterrabía). En ella participaron Pío Baroja y Ramiro de Maeztu, entre muchos. Su imprenta se convirtió en una tertulia a la que acudían numerosos escritores, entre ellos un joven desconocido Rubén Darío, que allí publicó su precursor poemario modernista Los Raros y la primera edición de Prosas profanas.

En calidad de vasco, envía una misiva a Unamuno invitándole a colaborar con la nueva publicación. Pero Unamuno no le contestó hasta dos años después. Entonces le envía un pequeño artículo para un número especial dedicado al escritor Antonio Trueba. Pero, advirtiéndole que, en realidad, lo que realmente le interesaba era la corresponsalía de algún diario de Buenos Aires. Grandmontagne le contesta aconsejándole que, para que tuviera una firma acreditada al otro lado del Atlántico, debería empezar por escribir artículos sobre Hispanoamérica en la prensa de Madrid y Barcelona, como hacía Juan Valera.

Aquí Grandmontagme no anduvo muy fino al decir a Unamuno que hiciera lo mismo que lo demás. Por otra parte, ignoraba que las relaciones entre el Rector y Valera no eran óptimas. Cuando en 1891 Unamuno se presentó a la cátedra de Griego de la Universidad de Salamanca en competencia con Ángel Ganivet, el tribunal que presidía don Marcelino Menéndez Pelayo y del que formaba parte Juan Valera se decidió por Unamuno. Pero ni Ganivet ni él perdonaron a Valera que dijera: «Ninguno de los dos sabía griego, le dimos la cátedra al único que podía aprenderlo».

 

4.- MIGUEL DE UNAMUNO, CORRESPONSAL EN LA PRENSA HISPANOAMERICANA

En 1900 Grandmontagne le consigue la corresponsalía de El País, un diario de nueva creación en Buenos Aires. Unamuno se inicia con un corto ensayo sobre el momento literario de España en el que considera que a los escritores les falta altura de miras. No piensan en el lector universal, sino sólo en el español y para el momento en que viven y les insta a que escriban para el mundo, aunque su escritura se pierda, concluyendo: “Más vale que se pierdan las palabras en el cielo inmenso, que no que resuenen entre las cuatro paredes de un corral de vecinos”.

Más tarde, Grandmontagne le pone en contacto con Rubén Darío, corresponsal del bonaerense La Nación en España. Gracias a ambos, el Rector consigue una duradera colaboración con este diario. Los medios argentinos empiezan a interesarse por Unamuno recabando información de él a Grandmontage, que se convirtió en su representante en Buenos Aires. En esa relación los dos ganaban.

Grandmontagne era muy eficaz con los asuntos de Unamuno, aunque éste no era muy dado a seguir instrucciones de nadie. Algunas veces le amonesta cuando, por descuidos, Unamuno no presenta algún artículo en el tiempo acordado y le aconseja que le deje a él “esto de los garbanzos americanos”. Igualmente se convirtió en el mecenas de otros renombrados escritores, como Azorín o José Ortega y Gasset. El prestigio de Unamuno en Hispanoamérica aumenta considerablemente, lo que posteriormente le sirvió de altavoz durante los años en que estuvo exiliado en Fuerteventura y Francia.

Cuando Grandmontagne conoció personalmente a Unamuno en España, le causó una rara sensación porque no usaba corbata y vestía como un pastor protestante. Le extrañó su cerrazón a las nuevas corrientes europeas, al simbolismo, al parnasianismo. Literariamente se mostraba antifrancés. Y hablaba de las letras hispanoamericanas con cierto desdén, basado en tópicos irreales. Grandmontagne le aconsejó que leyera los poemas de Rubén Darío, el abanderado del modernismo. Pero Unamuno calificaba a los modernistas de “imbéciles cantores y ranas castizas”.

Sin embargo, posteriormente, el Rector mantuvo una fluida correspondencia con Rubén Darío, debido tanto a intereses periodísticos como a la diplomacia que éste adquirió en el cargo de cónsul de su Nicaragua natal en Paris. Cuando se hallaba en la capital francesa, Unamuno comentó que en su escritura “se le veían las plumas debajo del sombrero”, a lo que elegantemente el nicaragüense le contestó en una carta: “Mi querido amigo. Ante todo, para una alusión. Es con una pluma que me quito debajo del sombrero con la que le escribo. Y lo primero que hago es quejarme de no haber recibido su último libro”.

 

5.- LA RUPTURA DE UNAMUNO CON GRANDMONTAGNE

En 1903, Francisco Grandmontagne retorna a España. En Madrid colabora con los diarios El País y El Sol y toma la corresponsalía de La Prensa de Buenos Aires, tras la muerte del anterior del anterior cronista, el vallisoletano Gaspar Núñez de Arce. Más tarde se traslada definitivamente a San Sebastián, siendo nombrado primer presidente de la Asociación de la Prensa. Por otro lado, daba conferencias por todo el país sobre el momento económico en España, opinando sobre la necesaria modernización de la producción en el campo y la industria. Cada vez más, se fue apartando de la literatura. Ya lo había sentenciado Pérez Galdós: “El periodismo ha malogrado a un novelista de garra”.

Mientras tanto, las publicaciones de don Miguel en la prensa hispanoamericana no le podían ir mejor. Así se lo manifiesta a su amigo el pintor Ignacio Zuloaga: «Mi situación económica se ha resuelto gracias a los americanos. Entre La Nación, de Buenos Aires, Caras y Caretas, también de Buenos Aires, y el Diario Ilustrado, de Santiago de Chile, me han emancipado, ¡Gracias a Dios!, de la prensa española. Allí pagan triple que aquí y agradecen quíntuple».

Inexplicablemente, cuando Unamuno está en la cumbre de su fama en Hispanoamérica, deja de responder a la correspondencia de Grandmontagne. Puede que considerara que su relación con él había sido estrictamente comercial y ya no le necesitara. Pero los motivos reales se desconocen. Lo cierto es que, a partir de 1923, de ignorarle pasó a atacarle con virulencia.

Grandmontagne siempre pensó que la situación española tanto política como social y económica era un caos. Había que poner orden en el desorden. Por eso, cuando el general Primo de Rivera instauró su Dictadura dicho año, en connivencia con el Rey Alfonso XIII, le expresó su apoyo en numerosos artículos, que causaron un gran revuelo en las tertulias y círculos literarios. La polémica estaba asegurada.

Unamuno dejó constancia de la división que había entre los intelectuales: “Es innegable que el golpe de Estado del 13 de septiembre de 1923 fue recibido con agrado por una gran parte de la nación, que esperaba que concluyese con el llamado antiguo régimen, con el de los viejos políticos y de los caciques, a los que se hacía culpables de las desdichas de la política de cruzada. Fuimos en un principio muy pocos, pero muy pocos, los que, como yo, nos pronunciamos contra la Dictadura, y más al verla originada en un pronunciamiento pretoriano, y declaramos que de los males de la patria era más culpable el Rey que los políticos”.

 

6.- PRIMO DE RIVERA PROPUSO A GRANDMONTGANE COMO EMBAJADOR EN ARGENTINA

Dos años antes, en el homenaje de Madrid, Antonio Machado le había denominado “el Embajador hispano en América”. Aquella idea quedó flotando en el aire, de manera que Primo de Rivera le propuso para el cargo Embajador en Buenos Aires. Grandmontagne no lo aceptó porque ya se había acomodado en San Sebastián. A la edad de sesenta años no quería volver a Argentina. Todos los escritores de aquella Generación, empezando por Antonio Machado, le retiraron su amistad, a excepción de Ramiro de Maeztu, que adoptó la misma posición que él. Éste aceptó en 1927 el nombramiento de embajador que Grandmontagne había rechazado y permaneció en Argentina durante dos años, dimitiendo cuando Primo de Rivera fue destituido.

Grandamontagne cambió de opinión sobre Primo de Rivera al ver el transcurso de la Dictadura. Primeramente, consideró que la labor del General era la que España necesitaba, pues se realizaron numerosas obras públicas, apaciguó la situación social en la calle y la bélica en Marruecos. Sin embargo, su inquietud comenzó cuando aquel estado de excepción constitucional se alargaba en el tiempo innecesariamente. Vio que el control sobre los ciudadanos era excesivo y la censura de prensa asfixiante. Así lo expresó en su artículo Ejército inquieto y pueblo tranquilo, publicado en 1929 en el diario El Sol.

 

7.- LA MARGINACIÓN DE GRANDMONTAGNE

Pero después de seis años, ya no pudo evitar el aislamiento al que sus antiguos amigos le habían sometido. Calificado de incoherente y vendido, fue precursor del mismo sentimiento que en la República embargó a Ortega y Gasset y Unamuno: “No es eso, no es eso”, dirían. El Rector mortificaba a su antiguo representante en público con saña: “Curas y curoides, sacristanes, furrieles y asistentes ratés (fracasados), como Maeztu y Grandmontagne, que se ponen al lado de esa porquería de suspensorio” (así denominaba al Directorio de Primo de Rivera).

Paradójicamente, pocos años después, la Historia puso a Unamuno en el mismo trance que a Grandmontagne, tras el suceso del paraninfo de la Universidad de Salamanca, acosado por las izquierdas y las derechas, tachado de contradictorio y traidor. Y paradójicamente, ambos murieron en el año 1936: Grandmontagne un mes antes del comienzo de la Guerra, Unamuno cinco meses después. Al entierro de ellos no acudió ninguno de sus compañeros de letras, ni de la Generación del 98 ni de la del 27.

César González Ruano había visitado a Grandmontagne en sus últimos años en su casa de la calle Easo de San Sebastián para hacerle una entrevista. Ruano relataba que le invitó a merendar en Fuenterrabía, donde había pasado la niñez con su tío. Llevaba un gran auto americano que le había regalado el periódico La Prensa de Buenos Aires. Usaba un gran sombrero negro con alas bajas y canalones, bastón y guantes. El periodista decía que “Grandmontagne mostraba una antipatía pura por Unamuno y no desperdiciaba ocasión para ponerlo como un trapo”. Y concluía: “Grandmontagne era de ese tipo de escritor que se hace grandes ilusiones con América y quiere hacer de indiano de la literatura, emprendiendo viaje a América continuamente para hacerse rico, sin entender que América es el premio gordo de una lotería ciega y loca, pero nunca la consecuencia de un plan de trabajo”.

(Foto portada. Centro Español de Buenos Aires)

 

 

Francisco Grandmontagne

 

Francisco Grandmontagne

 

Mesón el Segoviano. En la Cava Baja de Madrid.

 

Mesón El Segoviano

 

Mesón El Segoviano

 

Miguel de Unamuno

 

Miguel de Unamuno en ‘La Vasconia’

 

Diario ‘La Nación’. San Martín 350. Buenos Aires

 

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