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Crawford Flich, el mejor traductor de Miguel de Unamuno

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Crawford Flich, el mejor traductor de Miguel de Unamuno

 

 

TRADUCIR UNA OBRA NO ES CAMBIAR UNAS PALABRAS POR OTRAS. EL TRADUCTOR HA DE TENER INTUICIÓN Y UNA GRAN CULTURA. NO BASTA CON POSEER UN CORRECTO CONOCIMIENTO DEL IDIOMA

 

 

1.- La traducción y Crawford Flitch

2.- Cuando Crawford Flitch conoció a Unamuno

3.- Con Unamuno en Fuerteventura

4.- Con Unamuno en Francia

5.- ¿Qué fue de Crawford Flitch?

 

 

1.- LA TRADUCCIÓN Y CRAWFORD FLITCH

Asegura Eduardo Mendoza que “una traducción sólo puede empeorar el texto original. En una obra literaria se produce la pérdida inevitable de un diez por ciento. Hay que procurar que no pase de ahí, pero hay que resignarse”.

La realidad es que no existe una equivalencia total entre dos lenguas distintas. Ha de considerarse que los lectores a quienes va dirigida la traducción tienen diferentes tradiciones y contexto que el autor, distinta idiosincrasia. El lector de la traducción no llega a captar todo aquello que el autor traducido hubiera querido transmitirle. Una vez que inicia la lectura de la obra traducida, el original ya no existe para él. De hecho, la frase italiana traduttore, traditore señala que el traductor puede traicionar la fidelidad con el texto original dejando al lector al albur de su subjetividad.

En 1921, el inglés John Ernest Crawford Flitch realizó una traducción perfecta. Se trataba de El sentimiento trágico de la vida de los hombres y los pueblos, la teoría teológico-filosófica de Miguel de Unamuno. Fue publicada en Londres en 1921 por Macmillan & Co. Ltd. en sus talleres de St. Martin’s Street, junto a la National Gallery, la misma editorial de los escritores Lewis Carrol y Rudyard Kipling, autores de Alicia en el país de las maravillas y El libro de la selva, respectivamente. La obra de Unamuno se componía de un índice del contenido, un largo ensayo introductorio de Salvador de Madariaga, el prólogo del autor, el texto con numerosas anotaciones a pie de página del traductor, y un índice onomástico de los autores extranjeros mencionados.

Unamuno era entonces un desconocido en el Reino Unido y, con buen criterio, Crawford Flitch buscó la colaboración de Madariaga, que allí era el español de mayor prestigio. Fue nombrado catedrático en la Universidad de Oxford y alto funcionario en las Naciones Unidas en Ginebra por aquel país. También era comentarista en publicaciones como The Times, The Observer y The Manchester Guardian.

Se trataba de una obra de difícil comprensión que, no obstante, recibió el beneplácito de la crítica. Unamuno aborda el tema de la inmortalidad, el conflicto entre la fe y la razón, entre la lógica y el sentimiento. En ella se aprecia la influencia del teólogo danés Soren Kierkegaard, mostrando a un Unamuno tan cercano a Lutero y a su categórica frase “Nostra vitae tragedia”, que a la luz de frases como “Creer en Dios es hoy, ante todo y sobre todo, para los creyentes intelectuales, querer que Dios exista”, la Iglesia prohibió en 1957 su lectura a los católicos. En Inglaterra fue conocido por los escritores, sin embargo, era considerado un autor que planteaba problemas de fe y existencia, y no como alguien que pudiera ser leído y estudiado como un novelista o un ejemplo literario

En esa imposibilidad de conciliar aspectos tan opuesto es donde radica el sentimiento trágico de Unamuno, que distingue a los españoles de los demás pueblos europeos. Este hecho diferencial hizo que, a pesar de que hablemos de una traducción perfecta, en 1972, el hispanista norteamericano Anthony Kerrigan realizó una segunda traducción por motivos editoriales, para acercar más la teoría unamuniana al mundo anglosajón, utilizando un lenguaje personal y cercano al lector al que iba destinado, llegando a la traducción libre, punto en que se convierte en un traditore alejado del original de Unamuno.

 

2.- CUANDO CRAWFORD FLITCH CONOCIÓ A UNAMUNO

La traducción de Crawford Flitch era insuperable porque estuvo en contacto directo con Unamuno antes de comenzarla y porque poseía un amplio conocimiento del acervo cultural hispano. El inglés conoció al Rector en Salamanca en 1913 en uno de sus muchos viajes a España. En otro anterior, ya había recogido en un libro sus percepciones sobre el Mediterráneo, recorriendo Mallorca, Menorca, Ibiza y Cerdeña. En éste, que llegaba interesado por estudio de la pintura de Goya y El Greco, procuró el encuentro con Unamuno, porque ya había leído algo de su obra en Londres. Éste le dio a conocer su Sentimiento trágico de la vida que acababa de publicar la Editorial Renacimiento de Madrid y quedó entusiasmado, hasta el punto de que se comprometió a traducirlo al inglés.

Pero, inesperadamente, surgió un imponderable. Comenzó la I Guerra Mundial que paralizó el trabajo durante cuatro años. Flitch fue llamado a filas, siendo nombrado lugarteniente de artillería. Cuenta Rodrigo Soriano en su serie de artículos La isla negra, que en 1933 publicó el diario Heraldo de Madrid: “En la guerra europea, y cuando comía en una trinchera con otros tres oficiales, cayó una bomba que mató a los tres, salvándose el inglés, aun cuando resultó herido, por milagro”.

A la guerra se sumó la mortal pandemia, mal llamada “gripe española”, que causó cuarenta millones de muertos. Después de finalizar la Gran Guerra, en una de sus cartas desde Antibes, en la Costa Azul, Flitch se lamentaba a Unamuno: “Lo cierto es que cuán poco no ha sacudido la guerra, que ha acrecentado nuestra sed de placeres y eso es todo”. Se refería al deseo desaforado de los europeos por olvidar aquel desastre humano y al turismo que empezó a llega a las costas mediterráneas de forma inopinada, algo que hemos vuelto a experimentar tras la pasada pandemia de nuestros días, la propensión desmedida a viajar.

Entre los años 1919 y 1920, Crawford Flitch pasó varios meses en Salamanca con Unamuno, tomando notas y resolviendo dudas de la traducción, evitando limitarse a una labor lingüística. Realizaron diversas excursiones por los alrededores conversando de todo, de lo humano y lo divino y consiguió entrar en el alma del Rector, por eso, le llamaba “mi amigo del alma”. Cuando se despidieron, Flitch estaba seguro de que volvería a verle. Partieron juntos hacia el sur y llegando a Plasencia se despidieron. El inglés continuó hasta Andalucía y Unamuno a Yuste.

Desde entonces mantuvieron una larga relación epistolar que duró hasta que Unamuno murió. Con posterioridad a esa primera traducción, en 1925, le puso en contacto con la editorial Alfred Knop y también realizó las traducciones de Ensayos y Soliloquios y De Fuerteventura a París.

El interés demostrado por Crawford Flitch en la traducción unamuniana, trasladándose a Salamanca para trabajar juntos, fue muy valorada por el autor. En el prólogo de la versión inglesa, Unamuno llega a afirmar que, al hacerle volver sobre el original y repensarlo, de la traducción resultaba “un texto más refinado y correcto que el original en español”.

 

3.- CON UNAMUNO EN FUERTEVENTURA

Poco se conoce de la trayectoria vital de J. E. Crawford Flitch. Había nacido en el condado de Yorkshire en Inglaterra. Estudió Leyes en el King’s College. Fue abogado, escritor, traductor, e hispanista. Era amante de la pintura y tradujo al inglés el libro Monet y los impresionistas franceses de Theodore Duret.

Cuando se enteró de que Unamuno había sido desterrado, no dudó en acompañarle durante algún tiempo. El 2 de mayo de 1924 llegó a Las Palmas en un hidroavión, que allí dejó hasta su regreso. Envió un escueto telegrama: “Acabo de llegar salgo esta noche para Fuerteventura”. En esta isla permaneció desde el 3 de mayo hasta el 13 de junio, durante cuarenta días o “una cuaresma”, como diría don Miguel. Conocemos algunos aspectos de su estancia por los comentarios que Unamuno hizo a cinco sonetos de su obra De Fuerteventura a París. Realizaron excursiones juntos por pueblos como Antigua, Ajuy, Pájara y La Oliva. A diario jugaban a las cartas con una baraja francesa que le regaló, al ajedrez y otros juegos de mesa.

Según Ricardo Soriano, compañero de destierro del Rector, Flitch había elaborado un plan de fuga para los desterrados: “El capitán tenía un hidroavión, que dejó en Las Palmas, y quería llevarnos en él a la cercana isla de Madeira, donde podríamos fácilmente desembarcar; pues mis amigos los republicanos de Portugal, a quienes tanto ayudé en los días de su triunfo, me habían provisto de una carta para el gobernador de la isla paradisíaca”.

Pero el plan se frustró. Los vecinos de Puerto del Rosario prorrumpieron en gritos una noche mirando al cielo: “¿Era un aeroplano? No lo supimos. Creían que era Ramón Franco, el hermano republicano del dictador”, rememoraba Soriano. Parece que los isleños se entusiasmaron al ver el hidroavión, creyendo que se trataba del famoso piloto que ya el 30 de enero había efectuado un raid en desde Cabo Juby en Marruecos hasta Las Palmas.

La estancia de Flitch en Fuerteventura resultó reconfortante para Unamuno, pero sin afectar mucho a sus rutinas, según él mismo manifiesta: “Baños de sol por la mañana, almorzar, siesta, partida de ajedrez con Mr. Flitch, cena, paseo nocturno y, de vez en cuando, excursión”. Con la baraja que le regaló, Unamuno haría luego solitarios recordándole el movimiento de las olas: “Como las olas de la mar, mi mano / tiende los naipes…”. Y así, hasta el que el 13 de junio, en que Flitch regresó a Las Palmas para tomar su hidroavión y volar a Francia, despidiéndose con un almuerzo en la cubierta del Tordera, un barco cuyo capitán era bermeano.

El 25 de junio su traductor le escribe desde Antibes describiéndole la belleza de aquellos parajes mediterráneos donde se hallaba. Le dice que aún no se ha puesto en contacto con Henri Dumay, que iría al rescate de Unamuno para llevarle a Francia, porque tenía noticia de que estaba en la ciudad marroquí de Mogador y creía que ya estaba metido en las operaciones de la liberación, finalizando con un saludo para los miembros de la tertulia unamuniana. Flitch estaba al corriente del plan de huida porque durante varias noches acompañó a Unamuno en la playa donde esperaba que Dumay fondeara su barco L’Aiglon, pero se retrasó, porque en Francia estaban en elecciones generales, y no levó anclas con Unamuno y Rodrigo Soriano hasta el 8 de julio.

 

4.- CON UNAMUNO EN FRANCIA

Unamuno llegó el 26 de julio al puerto francés de Cherbourg. Tuvo un clamoroso recibimiento. Allí estaba Flitch, “su amigo del alma”, y una vez acomodado en París, le enseña la ciudad y le acompaña a todas partes. Llama la atención de don Miguel la fobia que Flitch tenía a atravesar el Sena. Algunas tardes salen de la tertulia del café La Rotonde y éste le acompaña paseando hasta el pequeño hotel la calle La Pérouse y cuando llega al río, se planta. Una vez intentó tenderle una trampa leyéndole unas estrofas de su obra Teresa que Flitch escuchaba con embeleso. Pero al llegar al pretil del puente, retrocedió y dijo a Unamuno que se iba, que tenía cosas pendientes de hacer. No consiguió engañarle.

Otra vez, el contratiempo era protagonizado por Unamuno. Flitch quiso que visitara el Louvre y viera los cuadros de los pintores famosos, La Gioconda, a Delacroix, a Ingres. Don Miguel lo contemplando en medio de una gran muchedumbre, sin poder asimilar todo lo que se presentaba antes sus ojos, y sintió el síndrome de Sthendal. Dijo que no podía seguir porque su mareo era máximo. Afortunadamente, encontró unos cuadros de José de Ribera, que le recordaban al templo de las Agustinas que estaba junto a su casa de Salamanca, y empezó a sentir más sosiego. Lo cuenta el periodista Carlos Esplá, fiel cronista de aquellos atribulados tiempos.

Más tarde, Unamuno deja París para trasladarse a Hendaya, junto a la frontera, para avistar con añoranza su tierra del otro lado del Bidasoa. En 1928, Flitch vuelve a encontrarse con Unamuno de regreso de una gira que había realizado por varios países hispanoamericanos: Perú, Ecuador, Bolivia y Argentina. La descripción que le dio de lo que había percibido fue una premonición de lo que estamos viendo en nuestros días: «Lo que más me impresionó fue el predominio de la población india. No es, como yo había imaginado, un continente blanco, sino de color. Poblado por dos razas, mejor dicho, por tres: la blanca, la mestiza y la de color. La primera gobierna, la segunda suele ser fiel a los gobernantes, y la última, generalmente hostil. Sus ojos revelan odio, y su talante descubre la explotación. Por eso buscan un salvador. ¿Lo encontrarán? ¿Será Jesucristo o Lenin? Se percibe que está latente una tempestad sobre los Andes. Y un día estallará».

 

5.- ¿QUÉ FUE DE CRAWFORD FLITCH?

Después de la muerte del Rector la figura de su traductor se desvanece como la niebla unamuniana. Perteneció al grupo de Bloomsbury, antiguos amigos de la Universidad que vivían en aquel selecto barrio londinense que conformaba lo más granado de la cultura británica, en el que quedó opacado ante personalidades como E. M. Foster, Virginia Wolf o John Maynard Keynes.

Gracias a ellos tenemos alguna noticia de él, y sabemos que después de estar con Unamuno en Francia recorrió el Mediterráneo, que tanto amaba. La Fundación Onassis de Atenas guarda la correspondencia que el poeta griego Konstantinos Kaváfis mantenía con los del Bloomsbury, porque había vivido sus años de juventud en Liverpool y luego se estableció en calidad de funcionario en la ciudad egipcia de Alejandría, donde había nacido.

El 20 de enero de 1925, el escritor E. M. Foster, autor de Pasaje a la India, escribió una carta a Kaváfis anunciándole que le visitaría un amigo de Miguel de Unamuno: “Sirva esta nota para presentarle a mi amigo el Sr. Crawford Flitch, de viaje por España y otros lugares, amigo de Unamuno, hable con él. Le transmitirá noticias mías, y mis mejores deseos”.

El 9 de marzo de 1926, Kaváfis ya se había entrevistado con Flitch y se lo comunica a Foster: “Recibí su carta presentándome al Sr. Crawford Flitch. Me sentí satisfecho. Representa una compañía del mayor interés. Desafortunadamente permaneció muy poco tiempo en Alejandría. Pretendía marchar el día 3 de marzo para Constantinopla. Le agradezco su consideración, al darme la oportunidad de conocer a sus amistades”. A ello responde Foster el 28 de marzo con otra misiva: “Mi querido Kaváfis: Estoy muy contento de que Flitch le haya agradado. Creo que es una compañía muy interesante, aunque no sea siempre constatable a primera vista”.

 

 

 

Retrato a lápiz de Crawford Flitch. Harry Lamb. 1909

 

Flitch mirando a la cámara. Tertulia con Unamuno y Rodrigo Soriano. Fuerteventura 1924

 

Konstantinos Kaváfis

 

Carta de E. M. Foster a Kaváfis

 

Del sentimiento trágico de la vida

 

 

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