Azorín elogia la lectura
LA LECTURA HA DE ADAPTARSE A LAS CIRCUNSTANCIAS PERSONALES DE CADA UNO Y A CADA MOMENTO. A VECES, RELEER ES MÁS RECOMENDABLE
1.- La lectura como algo íntimo
2.- Azorín, bibliófilo
3.- El libro, difusor de la cultura
4.- Releer
1.- LA LECTURA COMO ALGO ÍNTIMO
La lectura de un buen libro produce el deleite de un vino añejo tomado con moderación. Pero, para que las palabras no embriaguen han de ser sometidas a cierta disciplina. Hay que ordenar lo que se quiere leer para lograr un conocimiento profundo de la cultura, saber qué lecturas son más recomendables en ciertas épocas del año o en determinadas situaciones, si se busca la mera información, el entretenimiento, el estudio de la literatura o la consulta. Así se adaptará mejor a las circunstancias personales de cada uno. Incluso, la lectura de un mismo libro en distintos momentos de la vida del lector arroja resultados diferentes y la relectura es muy recomendable.
He aquí lo que sobre ello dice José Martínez Ruiz, Azorín, en su artículo Leer y Lectores en el diario ABC en 1952: “Todo es subjetivo en la lectura; la lectura depende del lector. La norma que sirve para uno no sirve para otro. En la lectura hay que tener en cuenta quién la hace, en qué edad, en qué sitio, en qué circunstancias. Los libros cambian según el ambiente: favorece el ambiente a unos, perjudica a otros”.
Respecto al momento de inicio a la lectura, Azorín señala la niñez y la adolescencia como decisivo: “Tenía yo a mi favor para llegar a la gravedad castellana ocho años de internado en un colegio de religiosos, los escolapios, y abundantes lecturas de clásicos castellanos en la adolescencia, en la edad que más adentro llegan las lecturas”.
En Estética y Política Literaria Azorín es partidario de que la lectura se haga en silencio, para uno mismo: “¿Cómo se debe leer, en voz baja o en voz alta?… ¿Y qué sabemos nosotros de la forma ideal que el autor imprimió a su verso o a su prosa?… El verdadero lector, el lector no profesional, leerá siempre en voz baja. Y el verdadero lector leerá siempre con pausas… La lectura no es lo mismo a los veinte años que a los sesenta. El joven lo lee todo y de todo aprovecha un poco. El anciano lee poco y de poco lo aprovecha todo… Ahora habrá que decir algo del lugar en que se lee. No todo lo es el libro. Influye el lugar de la lectura, como influye el momento”.
En uno de sus ensayos, El Artista y el Estilo, Azorín observa que en la antigüedad se leía menos que en los tiempos modernos, pues entonces la lectura era un acto complementario u ocasional, mientras que ahora forma parte de nuestra vida cotidiana”.
2.- AZORÍN, BIBLIÓFILO
En 1902, el escritor alicantino confesaba en La Voluntad: “Otra de mis preocupaciones eran los libros. Yo he sido un formidable erudito. Lo leía todo, en pintoresca confusión, en revoltijo ameno: novela, filosofía, teatro, verso critica”. Y tácitamente se describe a sí mismo en 1924 en ABC cuando dice: “Y permita el lector que relatemos la aventura de un imaginario bibliófilo. Este bibliófilo era un hombre modesto. Su pasión por los libros era grande, voraz; pero sus medios de fortuna eran menguados. Estaban vedadas para él las grandes ediciones; no podía saborear las ediciones primeras y preciosas de los clásicos. Tampoco las ediciones modernas costosas”.
Eso hace que, al año siguiente, en el mismo diario, hiciera una apología de los catálogos bibliográficos: “Los catálogos más admirables son los de los libros. Quien ame apasionadamente los libros encontrará en un catálogo, a cada paso, motivos de sorpresa, de asombro, de codicia, de pasmo y de admiración… Quisiéramos que los libros se reseñaran y extractaran de tal modo que no fuera necesario comprarlos”. Y en libros suyos, como los titulados Madrid y París, explica de forma pormenorizada sus andanzas por las librerías de viejo y las casetas de la madrileña Cuesta de Moyano, o por las orillas del Sena, buscando siempre libros curiosos y con precio asequible.
3.- EL LIBRO, DIFUSOR DE LA CULTURA
La lengua sin un libro es como un alma sin cuerpo: “No es la lengua la que difunde al libro, sino que es el libro el que propaga y difunde la lengua”. Y otro tanto, diría Azorín, sobre el libro como vehículo transmisor de la cultura: “Se lee por sentir o se lee para saber. Se lee compenetrándonos con la obra y el autor, o se lee para saber lo que dicen el autor y la obra”, porque el libro es “una continuación o complemento de la sensibilidad del lector” en el primer caso y, en el segundo, “un acervo de conocimientos”.
Los libros nos acercan cada día un poco más a la realidad de las cosas. En Leer y Leer trae sus recuerdos de niñez: “Se habla de los libros, es decir, de la lectura, en la formación de la personalidad. ¿Y cuál es de todas las potencias anímicas, la que habrá de ser más suscitada y más corroborada? La cuestión me hace avocar mis años, ocho años, en un colegio religioso. En el vasto comedor, a la hora de comer, a la hora de cenar, un colegial, distinto cada día, leía durante la comida ¿Y qué es lo que se leía en el comedor? Pues dos obras de pura imaginación: el Quijote y las novelas de Julio Verne. Puedo decir que esas dos creaciones literarias han influido en mí poderosamente”.
4.- RELEER
En Leer y Leer, Azorín considera que tras la madurez apetece volver a leer aquellos libros que nos dejaron cierta huella en nuestra primera juventud y aconseja releerlos: “Leer y tornar a leer. No hay más remedio: Ese es mi sino: la lectura y el amor a la soledad”. Por eso, en Tiempos y Cosas reitera: “Yo no leo a Montaigne, lo releo por tercera, por cuarta, por quinta vez, por sexta vez”. Y ello es así porque “la lectura es un placer íntimo, se lee desde niño lo que instintivamente anhela la sensibilidad”.
Y reitera: “La lectura presente puede embelesarnos, pero la lectura que más ternura, con más emoción recordamos, son las lecturas pasadas. Porque en las lecturas pasadas, las hechas en la adolescencia, evocamos el tiempo en que las hicimos. Esos recuerdos van aparejados con algo muy fino, muy sensible, que se llama nostalgia”.

José Martínez Ruiz, Azorín

José Martínez Ruiz, Azorín


