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La explosión que destruyó la ciudad de Peñaranda de Bracamonte

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La explosión que destruyó la ciudad de Peñaranda de Bracamonte

 

 

 

LOS VECINOS DE PEÑARANDA DE BRACAMONTE VIVÍAN SIN SABERLO JUNTO A UN GRAN ARSENAL DE GUERRA, HASTA QUE EN 1939 UN POLVORÍN EXPLOTÓ  (Fotos JCYL y CCPB)

 

 

1.- Una ciudad con varios polvorines

2.- El siniestro total

3.- Las víctimas

4.- Las operaciones de salvamento

5.- El Auxilio Social

6.- La reconstrucción de la ciudad

 

 

1.- UNA CIUDAD CON VARIOS POLVORINES

El 9 de julio de 1939, a pocos días de finalizar la guerra civil, un trágico suceso dejó sumida en la desolación a la localidad de Peñaranda de Bracamonte. Un polvorín explotó produciendo un gran número de víctimas. Las causas que motivaron aquel luctuoso desastre nunca quedaron esclarecidas. La censura oficial no permitía una mínima libertad de información, las cartas seguían llegando abiertas a sus destinos, y aún en la llamada “zona nacional” se ignoraba que Guernica había sido brutalmente bombardeada. En consecuencia, el conocimiento que se tuvo de los hechos fue sesgado, porque las crónicas de lo sucedido soslayaron las causas. Pero, la opinión más generalizada es la de que se debió a un mero accidente.

El polvorín se encontraba en la estación del ferrocarril, en el lugar que posteriormente se construyeron los andenes. Eran las once y veinte de la mañana de un radiante domingo, en cuyo instante hacía su entrada un tren de mercancías que, procedente de Salamanca, se dirigía a Madrid. Es entonces cuando el polvorín estalla, causando la mayor catástrofe de la historia reciente de la ciudad. No sabe bien si fue el aplastante calor de julio lo que hizo detonar el material explosivo almacenado o fue la propia máquina del tren, de la que se dijo que entró en la estación con una rueda averiada, lanzando chispas por una mala rodadura. El material que portaba era amonal, una mezcla de nitrato amónico, trinitrotolueno y polvo de aluminio, posiblemente, de uso bélico y altamente explosivo, pudo detonar cuando pasaba junto al polvorín, que reaccionó igualmente debido a la extrema proximidad.

Según la información facilitada por el propio ferrocarril, la causa fue el sobrecalentamiento de la caja de grasa de uno de los vagones procedentes de Béjar, arrastrado por una locomotora Babcock & Wilcox de 1926, que se puso al rojo vivo y ardió. La explosión causó un socavón de 30 por 27 metros y 4,5 de profundidad. Al ocurrir el siniestro estaban depositadas en el polvorín 16 bombas de 500 de kilos, 3.200 de 50, 280 bombas de 100 y 1.000 de 10 kilos. La estación y gran parte de la población quedó barrida.

Desde el nuevo gobierno surgido de la contienda civil se echó tierra sobre el asunto. No se publicó la investigación que estudió las causas. La razón era simplemente la de cómo justificar la imprudencia de las autoridades, manteniendo en Peñaranda ese polvorín militar después de varios meses de finalizada la contienda. Pero, no era el único, porque había otros tres más. Ese material, una vez que llegaba por ferrocarril a Peñaranda, permanecía depositado hasta que camiones militares lo trasportaban a Matacán o al improvisado aeropuerto de Monte Arauzo. Los habitantes se encontraban en una situación de alto riesgo que ignoraban.

 

2.- EL SINIESTRO TOTAL

En el lugar del suceso se produjeron hoyos de cuatro metros de profundidad. La máquina del tren, un antiguo ejemplar a vapor de hierro, voló por los aires como si de un papel se tratara. Sus ruedas aparecieron a medio kilómetro de distancia por la carretera de Mancera Abajo, y grandes bloques de piedra pasaron por encima de la población hasta el Pradohorno, en la carretera de Medina del Campo. Desde toda la comarca se pudo ver a Peñaranda sumida en medio de una nube negra durante dos días, pues los incendios se sucedieron todo el domingo y la madrugada del lunes. Ardieron calles enteras, como las de Rebolla, Pozo, Caño y Nuestra Señora. El efecto inmediato fue que se rompieron todos los cristales de las casas, volaron los tejados, cayeron los tabiques y se hundieron las escaleras. La zona más afectada fue la de la estación, donde había dos fábricas de harinas y una de alpargatas que quedaron completamente destruidas. En la actual Plaza Nueva, no quedó nada del conjunto de pequeñas casas que allí existían, ni del convento del Campo de San Francisco.

La tragedia pudo ser mayor. En el instante de la explosión los vecinos se disponían a ir a misa a la parroquia de San Miguel. En aquellos años había la costumbre de dar un paseo por la estación a la salida de la misa. Si la llegada del tren se hubiese retrasado, las víctimas habrían sido muy numerosas. Más bien, fueron escasas ante la magnitud de lo ocurrido. Los medios de comunicación dieron el dato de que dos días después, el martes, fueron enterradas veinte personas, mientras que en el depósito quedaba un importante número de cadáveres sin identificar. La cifra total no trascendió. En cuanto a los heridos, se contaban por centenares, principalmente, debido a la rotura de cristales, vigas y paredes de las viviendas. Igualmente, resultaron afectados muchos niños que jugaban en el parque.

Especial resonancia tuvo el caso de Manuela Pérez, que sobrevivió milagrosamente y la fortuna hizo que pudiera contar su caso. Manuela se encontrada en el interior de una chimenea en el momento del impacto, la “onda”, como solían llamarlo los peñarandinos. Subió por ella lanzada por un fuerte remolino de aire. Permaneció algún tiempo tapada por los escombros hasta que pudo sacar la mano por un agujero. Fue su novio el que la salvó al reconocer el anillo que hacía poco tiempo le había regalado. Una anécdota y un testimonio para la historia.

 

4.- LAS OPERACIONES DE SALVAMENTO

Inmediatamente después, Radio Inter de Salamanca empezó a lanzar mensajes recabando la asistencia de personal sanitario, médicos y practicantes, que partieron en coches y camiones desde la Plaza Mayor hacia Peñaranda. La respuesta de la capital fue generosa y rápida, al igual que el despliegue del ejército. Los primero en llegar fueron los soldados del equipo antigás, ya que era patente el temor de que explotaran nuevos almacenes con material bélico. Se trató tanto de controlar la situación como de evacuar a la población con rapidez. El comandante de Ingenieros, Felipe Rodríguez, y el alférez Julián Benavente dirigieron la operación. Más tarde, llegaron tropas de Infantería y Zapadores.

Para extinguir los muchos incendios que se habían producido el mismo domingo acudieron bomberos de los parques de Salamanca, Ávila, Zamora, Medina del Campo, Valladolid, Ciudad Rodrigo y, ya el lunes por la mañana, de Madrid. Posteriormente, también ayudaron en las labores de desescombro y evacuación de los heridos, con los que colaboraron las enfermeras del Auxilio Social. La labor fue intensa en toda la localidad, pero principalmente en la zona de la estación, donde estaban situadas varias fábricas, como la de “Teodoro Jiménez”, con numerosos obreros muertos o desaparecidos, y la de harinas “La Milagrosa” (luego “La Viguesa”). La evacuación de la población resultó masiva. Los peñarandinos se instalaron se Salamanca y en pueblos más cercanos, como Cantaracillo o Aldeseca de la Frontera, o en otros donde tenían familiares, mientras se realizaban las reparaciones de sus viviendas para que de nuevo fueran habitables.

 

5.- EL AUXILIO SOCIAL

De todas partes llegaron camiones cargados con harina, carne, pescado, leche condesada y conservas. El día posterior al suceso, las jóvenes del Auxilio Social repartieron tres mil raciones de comida caliente. Una semana después ya disponían de una cocina. En los diecinueve días siguientes de julio, dieron 52.000 raciones y 300 prendas de ropa. Este trabajo continuó incesantemente en agosto y en setiembre. En octubre se puede contabilizar la asistencia a 166 familias, parientes de víctimas, huérfanos, viudas y obreros en paro.

Luego, se abrió una suscripción popular en la que participó todo el país. Las listas de donativos para socorro y ayuda a los damnificados fueron multiplicándose sucesivamente en los medios de comunicación. En un primer momento, el general Franco envió 200.000 pesetas, al que siguieron el gobernador civil con 2.000; Rodríguez Galván S.A., 5.000; la Caja de Ahorros, 1.000; la Cámara de la Propiedad Urbana, 2.000; José Cal Sanz, 50; Nicolás Agustín Sachez y Sánchez, 5; Manuel Hernández Iglesias, 5; Juan M. Pereira, 10; Francisco Alonso González, 3… en total, 210.078 pesetas. Una de las entregas más importantes fue la de 300.000 pesetas del Ministerio de la Gobernación.

El sistema de percepción de ayudas se llevó a cabo mediante la presentación de la solicitud en el Gobierno Civil o en el Ayuntamiento donde los peñarandinos estaban evacuados, haciendo constar la cantidad en la que se creía perjudicado. Se pasaba a una comisión que decidía cada caso y se cobraba a través de la Caja de Ahorros. Dicha comisión estaba compuesta por el secretario de la Audiencia Provincial, Aurelio Bueno; el alcalde Sebastián Álvarez Cedrón; el párroco, el juez municipal, un patrono y un obrero. Las primeras entregas fueron realizadas por el gobernador militar, Eduardo Martín González; el gobernador civil, Gabriel Arias Salgado, y el hijo de Cantalapiedra, Ramón Laporta.

Las bases para la obtención de las ayudas eran: 3 pesetas por cada cabeza de familia en caso de fallecidos, y una más por cada miembro sin llegar a 9 pesetas durante un año. El número final de expedientes de damnificación fue de 861, habiéndose entregado socorros por víctimas por importe de más de 112.000 pesetas y de 170.000 por mobiliario y animales. La consideración general que merecieron las ayudas fue positiva. No obstante, historiadores posteriores han considerado que la ayuda pudo haber sido mayor si lo regidores de Peñaranda hubieran hecho constar que su ciudad era industrial, con varias fábricas de calzado en las que trabajaban muchos obreros. A pesar de ello, Peñaranda fue considerada una población agrícola a efectos de damnificación.

 

6.- LA RECONSTRUCCIÓN DE LA CIUDAD

Las obras de reconstrucción de la ciudad tuvieron alcance nacional. Se formó un patronato y una junta de técnicos civiles y militares, quienes las clasificaron en base a la campaña “Socorro para Peñaranda”. En cuanto a la provincia, el Gobierno Civil emitió una nota para que todos los alcaldes invitaran a sus vecinos a contribuir ingresando sus donativos en una cuenta corriente el Banco de España.

Las actuaciones elementales se produjeron durante los meses de invierno. El arquitecto José Aizpuruz y Aizpuruz tuvo una intervención decisiva, junto con un equipo compuesto por diez arquitectos y diez aparejadores, asistidos por el Servicio del Catastro, quienes valoraron los daños casa por casa. Las ayudas individualizadas para la reconstrucción de viviendas oscilaron entre 50 y 1.000 pesetas. En el lado izquierdo de la carretera de Salamanca se construyeron varios bloques de casas para obreros, de 16 viviendas cada uno, con tres, cuatro o cinco habitaciones, cocina y recibidor.

Se sacaron 37.000 metros cúbicos de escombros y se instalaron 1.300.000 tejas en tres meses. En la zona de la estación fue derribado todo lo que había quedado en pie y se levantó un barracón provisional de madera para el ferrocarril, mientras se construía el actual edificio. Las oficinas de la Caja de Ahorros fueron trasladas a Cantaracillo, a la calle Madrid, a una vivienda propiedad de Vicente Manso. En cuanto a los actos religiosos, se realizaron en un altar improvisado en la antigua cárcel del Ayuntamiento. Y el cuartel de la Guardia Civil, que resultó destruido, pasó a las casas próximas al cruce con la carretera de Alba de Tormes.

Reseñable es la construcción de la Plaza Nueva y sus aledaños. Se trata de un robusto conjunto armónico de forma cuadrada con soportales y paredes encaladas del más puro estilo manchego que en nada tiene que ver con las peculiaridades castellanas. Las autoridades pretendían que se convirtiera en el ágora de la ciudad, pero con aquellas características no cuajó entre los habitantes, que prefirieron mantener el mercado en las dos tradicionales plazas contiguas . Aquel patrón constructivo se reprodujo posteriormente en los pueblos de Colonización de nueva creación en la provincia, como Cilloruelo, Francos, Nuevo Amatos, Nuevo Naharros y otros muchos.

Si bien el jefe del Estado se apresuró a asegurar que la situación estaría restablecida en el invierno siguiente, la realidad fue que las operaciones duraron tres años y a buena marcha. En cuanto a los trabajadores, los comunicados oficiales decían que se trataba de soldados, para los que se levantaron barracones y tiendas de campaña en el camino del Inestal. Pero lo cierto es que se trataba de presos penados por motivos políticos en su mayoría, como fue el caso del sindicalista Marcelino Camacho, a los que se alimentaba básicamente con tocino y patatas. La explosión del polvorín de Peñaranda sigue siendo hoy un tema enigmático lo suficientemente atractivo como para que los estudiosos profundicen en él.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ver   LA ESTRAMBÓTICA CONSTRUCCIÓN DEL FERROCARRIL SALAMANCA-ÁVILA

 

 

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