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domingo 21 abril 2024
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Miguel de Unamuno agobiado por una admiradora en Fuerteventura

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Miguel de Unamuno agobiado por una admiradora en Fuerteventura

 

 

CUANDO EN 1924 UNAMUNO SE DISPONÍA A HUIR DE SU DESTIERRO EN FUERTEVENTURA, APARECIÓ POR LA ISLA UNA ANTIGUA ADMIRADORA QUE ENTORPECIÓ LA FUGA

 

 

1.- El viaje de Argentina a Fuerteventura

2.- El encuentro de Delfina Molina con don Miguel

3.- Un amor fraguado

4.- El destierro de Unamuno

5.- Delfina complica la huida de Unamuno

6.- En Paris.

 

 

1.- EL VIAJE DE ARGENTINA A FUERTEVENTURA

Se llamaba Delfina Molina y Vedia. Fue la primera mujer doctora en Química y graduada en Ciencias Exactas en Argentina. Estudió Lingüística y escribió varios libros de poesías. Estaba enamorada del arte, de la literatura… y de don Miguel de Unamuno. En 1942 escribió en Buenos Aires sus memorias, bajo el título A Redrotiempo, en las que relataba su encuentro con el escritor: “Nos embarcamos en el vapor Atlántida de la línea Colusich, el año 1924, mi hija Laura y yo con rumbo a las Islas Canarias…”.

El día 24 de julio, tras una larga travesía marítima, desembarcaron en Las Palmas. Les esperaba su amigo Agustín Millares Carló, un canario que era director del Instituto de Filología de Buenos Aires, quien les facilitó alojamiento en un hotel para ingleses en la cercana localidad de Santa Brígida, donde aguardaron hasta encontrar algún medio para alcanzar la isla de Fuerteventura, finalmente, una pequeña lancha de transporte de mercancías.

En su relato, Delfina comenta la llegada a Puerto del Rosario. Se percataron de que un hombre con aspecto de policía las seguía sospechosamente y no dejaba de observarlas en actitud de espía. Luego supieron que, ciertamente, se trataba de un guardián puesto por el general Primo de Rivera para que Unamuno y el periodista Rodrigo Soriano, ambos desterrados, no huyeran de aquella isla convertida en presidio para ellos. 

 

2.- EL ENCUENTRO DE DELFINA MOLINA CON DON MIGUEL

Se dirigen al pequeño hotel donde Unamuno las esperaba, con la intención de pasar unos días con él. Pero los deseos de la argentina no resultaron según lo había previsto. Para Delfina, aquel establecimiento era incómodo, más bien una pensión. Unamuno decidió que ellas se quedaran en su habitación, en tanto que él se marchaba a la casa de unos amigos suyos, lo que no impidió que cada día los cuatro almorzaran y cenaran juntos, es decir, Delfina, su hija Laura, Soriano y Unamuno.

Era la primera vez que la argentina veía a don Miguel, aunque había mantenido una intensa correspondencia con él durante diecisiete años. En su opinión, Unamuno se encontraba a sus anchas en aquel clima privilegiado. Además, como era muy austero, la pobreza del lugar era de su gusto. En el caso opuesto se hallaba Soriano, que continuamente añoraba la vida de confort que hasta entonces había llevado.

Esta argentina atraída por Unamuno detallaba aspectos que le chocaban, como la existencia de una fábrica de paraguas, en una isla donde nunca llovía, la costumbre de los isleños de calzar zapatillas de suela de soga, que ella misma tuvo que usar al rompérsele los zapatos que usaba, o el transporte en los camellos a los que se tuvo que subir cuando los cuatro efectuaron varias excursiones por tan bellos parajes.

Delfina comprobó que había algo intrigante en Unamuno y su compañero. Esperaban una embarcación que les llevaría a alguna parte, pero ignoraba dónde. Los dos confinados se lo ocultaban y su comportamiento le pareció extraño. Mientras Soriano se mostraba eufórico, Unamuno se sentía preocupado. No adivinaba qué estaba sucediendo.

Sabía que habían recibido una nota anunciando que Fernando, el hijo mayor de Unamuno, había llegado a Las Palmas con su esposa María para visitarle. Sin embargo, Unamuno lejos de sentirse alegre, se tornaba cada vez más nervioso. Se pasaba el día caminando deprisa por la playa, llevando detrás de él a Soriano malhumorado, porque Unamuno ni tan siquiera miraba para atrás para saber si le seguía. Delfina percibía en él una gran frustración al ver pasar el tiempo sin que llegara el velero.

Así pasaron cuatro días, hasta que madre e hija retornaron a Las Palmas, ocasión que Unamuno aprovechó para pedirle que llevara a su hijo una maleta con efectos personales suyos. En el puerto majorero Delfina se topó de nuevo con aquel guardián que tenía cierto halo de misterio. Al verlas, les regaló un laúd de cartón (un timple). Creyó que sería algún recuerdo de la isla, pero más tarde comprendió que lo que quería decir era “que se fueran con la música a otra parte”.

Cuando el barco partió, se cruzaron en alta mar con el velero que Unamuno esperaba. En el puerto de Las Palmas las aguardaba su hijo. Delfina finaliza aquel capítulo de su vida añadiendo: “Más tarde nos volveremos a encontrar en Paris, donde visitamos juntos algunos lugares, en amable compañía”.

 

3.- UN AMOR FRAGUADO

Delfina estaba casada con el profesor de Lengua René Bastianini con quien tuvo tres hijos. Desde 1907, con veintiocho años, sintió un amor platónico por Unamuno y admiraba sus obras. Realmente, apreciaba la singularidad de su interés por las letras americanas, por oposición a otros escritores españoles, como Pío Baroja. Aquel año, Unamuno empezó a enviar artículos al diario La Nación de Buenos Aires, que ella leía con fruición y sus sentimientos se desbordaron. Por encima de sus escritos, adoraba al hombre desde sus dos primeros artículos titulados La Lujuria y Sobre la Pornografía.

En ellos, don Miguel se escandalizaba de aquellas cupletistas de los teatros y cafés de Madrid que se exhibían “medio desnudas y con gestos y meneos sicalípticos”. (Por aquellos años, la opereta La Corte de Faraón representaba la cumbre de la sicalipsis). No obstante, para no pasar por palurdo, el Rector aclaraba que “como el que más, había estado en París y había visto allí a coristas en cueros vivos”. A Delfina, Unamuno le pareció una persona cabal, un intelectual y un caballero sin parangón.

Le escribió una carta expresándole su admiración por su obra y pidiéndole determinada bibliografía para una tesis que estaba realizando. Unamuno contestó a aquella carta y a otras sucesivas puntualmente. Hasta entonces, las palabras de su admiradora habían sido comedidas. Pero, en 1911 se produjo el punto de inflexión. La relación epistolar se convirtió en amorosa: “Desde su última carta, desde que la tuve en mis manos, desde antes de leerla, sentí que lo quería a Vd. intensamente”

Delfina le declaró su pasión secreta. Estaba dispuesta a dejarlo todo y marcharse con él. Para Unamuno fue un momento de desconcierto. Su ego enaltecido le dejó paralizado y no supo reaccionar.  Ella insistía y persistía en su irresistible atracción. Le contaba las desavenencias con su marido y le proponía que se fuera con ella a Argentina. Aquel enamoramiento sin límites del Rector le duró hasta que murió a los 82 años.

 

4.- EL DESTIERRO DE UNAMUNO

Aparte de idilios, Unamuno tenía otras preocupaciones. Había insultado en reiteradas veces al Rey, llamándole “botarate” y otras exquisiteces, a las que unió las ácidas críticas que le propinó al general Primo de Rivera por su affaire con La Caoba, una bailarina relacionada con las drogas y el mundo del hampa. Y todo ello terminó con la orden de destierro a Fuerteventura del crítico fustigador, junto con el periodista Rodrigo Soriano, sancionado por similares motivos.

Una vez en la isla, Soriano no hacía otra cosa que atosigar a Unamuno con la idea de huir, lo que éste no aceptaba porque implicaría una claudicación. Sin embargo, cambió de opinión cuando esa posibilidad se la brindó Henri Dumay, director del periódico parisino Le Quotidien, quien se ofreció a rescatar a los dos confinados para trasladarles a Francia. A cambio, don Miguel escribiría artículos en su rotativo durante algún tiempo, con una retribución considerable, teniendo en cuenta que Unamuno era un autor en alza, pues todos estaban pendientes de sus vicisitudes. A su vez, el periódico vería aumentada la tirada y los beneficios de la empresa. La propuesta se presentaba muy ventajosa para ambas partes. Acordaron, pues, que el velero L’Aiglon les recogería en una playa de Fuerteventura para trasladarles a la isla portuguesa de Madeira y, de allí, a Lisboa y Francia.

Unamuno ignoraba el día exacto en que arribaría el barco que le daría la libertad. Tratando de burlar la vigilancia de la policía, continuamente iba a la playa tratando de avistar su silueta en el horizonte del océano. Pero, no llegaba. Pasaba las noches en vela. Se volvió inquieto, iracundo. Y es en ese adverso trance, es cuando aparece Delfina con su hija llamando la atención de todos los isleños con su presencia, que se preguntaban quiénes eran las dos desconocidas y qué hacían allí. A don Miguel se le cayó el cielo encima. Aquello era un suplicio, un tormento.

 

5.- DELFINA COMPLICA LA HUÍDA DE UNAMUNO

Delfina tenía su propio plan de fuga para que Unamuno  huyera con ella a Argentina. Había dicho a su marido que aquel se trataba de un ineludible viaje que debía realizar a Francia e Italia en calidad de comisionada por el Ateneo Hispano Americano de Buenos Aires, al que pertenecía, necesitando hacer una escala en Las Palmas. Pero, lo cierto es que una vez en la capital canaria, se desplazó hasta Fuerteventura con el pretexto de pintar algunos cuadros sobre paisajes de la isla.

Una vez en presencia de don Miguel, desconociendo sus planes para marchar a Francia, quería ir con él a todas partes. Le pidió hacerle un retrato a la acuarela y, mientras le pintaba, nuevamente, le manifestó su amor y su deseo de que se fuera con ella a Argentina. Unamuno sentía que estaba viviendo un espanto, que llamó «días de agitación y ansiedad”. En tono irascible comentaba: «Acaso quería darme a entender que llegaba a hacer conmigo lo que ni los míos, mi mujer y mis hijos, no habían hecho».

Unamuno dejó anotada la tediosa encrucijada en su diario: “A la tarde, telegrama de Delfina ¡la inevitable! Que llega a Las Palmas con su hija y viene el día dos”. Igualmente, narra esa intrincada situación en su obra De Fuerteventura a Paris, publicada en 1925: “El día 1 de julio supe que mi hijo mayor, con su mujer, habían llegado a Las Palmas, donde se vinieron con los del L’Aiglon que venían a libertarnos, y esperaban allí el resultado, creyendo que nos evadiríamos a la isla de Madeira y de allí a Lisboa para ir a Francia. El 2 llegó Delfina Molina y Vedia, mi amiga argentina, con su hija, y se fue el 6. El día 9 nos evadimos y el 11 llegamos a Las Palmas, donde me reuní con mis hijos. El 21 embarcamos en el Zeelandia con rumbo a Cherburgo”.

 

6.- EN PARIS

Delfina no sucumbió ante la adversidad. Cuando Unamuno ya se hallaba instalado en Paris, le envió mil pesetas para que se embarcara hasta Buenos Aires. Éste lo rechazó y tomó la decisión de romper aquella turbulenta relación definitivamente, mencionándola en su obra Cómo se hace una novela, sin dar su nombre, con las siguientes palabras: “Presentose una dama (a la que acompañaba para guardarla, acaso, su hija) que me había puesto casi fuera de mí con su persecución epistolar… Esa dama es una mujer de letras, preocupada de su nombre y queriendo acaso unirlo al mío… Fue a buscar a mi lado, emoción y hasta películas de cine… Pero la pobre mujer de letras buscaba lo que busco, lo que busca todo escritor, todo historiador, todo novelista, todo político, todo poeta: vivir en la duradera y permanente historia, no morir”. El libro fue publicado en 1927. Cuando Delfina lo leyó, le escribió muy indignada, porque no comprendía la causa de que le diera un trato tan injusto.

No obstante, nunca desfalleció. Cuando Unamuno regresa a España, tras una ausencia de seis años, fallece su esposa doña Concha Lizárraga. En medio del dolor, Delfina le remite una carta reiterándole su incondicional amor y su disposición para marcharse a Salamanca a vivir con él. La última misiva le llegará a Unamuno a finales de 1936, pocos días antes de morir.

Aquella relación y el consiguiente enamoramiento no correspondido había durado tres décadas. Varios años después, Delfina aún escribió sobre Unamuno: “El hombre que, por afinidad tan rara como profunda, fue y sigue siendo después de muerto la luz de mis ojos, el mayor tesoro que ser humano haya hallado en el mundo”.

(Foto. Unamuno en Fuerteventura. Casa Museo Unamuno)

 

 

Miguel de Unamuno (CMU)

 

Delfina Molina y Vedia

 

Delfina Molina y Vedia

 

Laura Bastianini, hija de Delfina

 

Unamuno con Delfina Molina y su hija Laura (CMU)

 

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