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A Unamuno le quitaron la cartera dos veces en el mismo día

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A Unamuno le quitaron la cartera dos veces en el mismo día

 

 

EL 15 DE DICIEMBRE DE 1931, UNAMUNO SE QUEDÓ SIN LA CARTERA QUE LLEVABA EN EL BOLSILLO Y LA MINISTERIAL QUE ESPERABA

 

 

1.- La instauración de la República

2.- El telegrama de Miguel de Unamuno

3.- La conferencia de Málaga

4.- A Unamuno le roban la cartera

5.- El papel residual de los intelectuales

 

 

1.- LA INSTAURACIÓN DE LA REPÚBLICA

La implantación de la República en 1931 tuvo su precedente en el año anterior en el llamado Pacto de San Sebastián de los partidos opositores a la Monarquía, cuyo fin era su instauración. Una vez conseguida, esa plataforma pasó a convertirse en el Comité Revolucionario que de facto presidió Niceto Alcalá Zamora, constituyéndose en el primer gobierno provisional del nuevo régimen.

Miguel de Unamuno no podía sentirse más feliz en ese momento de la Historia española. Los seis años de ausencia durante la Dictadura habían dado fruto y le resultaron muy rentables. Escribía libros, artículos de prensa y todos reclamaban su presencia en algún acto, porque le consideraban el padre de la República, el que consiguió poner en el exilio de París al rey Alfonso XIII y al general Primo de Rivera en el mismo lugar donde él estuvo.

En las elecciones municipales del 12 de abril, fue elegido concejal del Ayuntamiento de Salamanca por la coalición republicano-socialista. Y dos días después del establecimiento de la República, a él le cupo el honor de proclamarla desde el balcón del Ayuntamiento. Todo iba rodado para Unamuno. El 18 de abril, el claustro de la Universidad nuevamente le nombra Rector. El 27 del mismo mes es nombrado presidente del Consejo de Instrucción Pública, cargo del que dimitió un año después. Y el 28 de junio es elegido diputado en las elecciones generales convocadas para constituir las Cortes que deberían elaborar la Constitución republicana, que resultó aprobada el 9 de diciembre.

 

2.- EL TELEGRAMA DE MIGUEL DE UNAMUNO

Resulta tedioso reseñar tantas fechas. Pero, en este caso, ayuda a comprender los movimientos de Unamuno, a quien cuando regresó del exilio le hicieron creer que tendría un puesto importante en la República. Aprobada la Constitución, el día 10 de diciembre Niceto Alcalá Zamora fue nombrado primer presidente constitucional de la República. Las fuerzas políticas acordaron que fuera él porque había que construir un nuevo Estado y quién mejor para la transición de poderes que alguien que conocía la Administración por haber sido ministro y persona de confianza del rey Alfonso XIII y, además, tenía una buena relación con el Ejército, lo que impedía un golpe de estado. De hecho, llegó a ser consuegro del general Queipo de Llano.

Sin embargo, a la vez que los políticos habían firmado el Pacto de San Sebastián, los intelectuales habían creado la Agrupación al Servicio de la República en el Teatro Juan Bravo de Segovia, que propugnaba una República de los Intelectuales, estando encabezada por José Ortega y Gasset, Ramón Pérez de Ayala, Gregorio Marañón y Antonio Machado.

En el mes de junio, Azorín ya se había apresurado a reivindicar “su República” en el diario Crisol: “La República la han hecho posible los intelectuales. Vosotros, los que ocupáis el poder, habéis sido los parteros de la República; pero permitidnos que os digamos que quienes la han engendrado hemos sido nosotros. Nosotros, unos humildes y otros ilustres, quienes a lo largo de treinta años hemos hecho poco a poco, con trabajo, con perseverancia, que el cambio de la sensibilidad nacional se efectúe“. Por esta razón, Alcalá Zamora se apresuró a formar gobierno sin contar con ellos.

Unamuno quiso adelantarse para reclamar su parte en el reparto de poder y redactó un inusitado largo telegrama de 210 palabras, que el día 11 de diciembre envió a Alcalá Zamora y a la prensa, en el que pedía una quimera: “… la inmediata disolución de las Cortes, más que gastadas, deshilachadas, y entregar el control de las próximas elecciones a un gobierno que merezca por su imparcialidad la confianza de todos los partidos para que ninguno se abstenga; un gobierno de mentalidad sana y normal, que no represente a partidos, aunque figuren en ellos y menos caudillos, sin preocuparse de la proporcionalidad…”.

 

3.- LA CONFERENCIA DE MÁLAGA

Por esos días, Unamuno recibió una invitación de la Sociedad Económica de Amigos del País de Málaga para pronunciar una conferencia de carácter republicano en el Teatro Cervantes, con motivo del centenario del fusilamiento del general liberal y constitucionalista José María Torrijos, un acontecimiento que quedó inmortalizado por Antonio Gisbert en el cuadro Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga que se encuentra en el Museo del Prado.

El Rector lo aceptó contestándoles con una nota en la que les decía que era un honor para él hablar en Málaga de este general “monárquico y constitucionalista”. Esta respuesta creó malestar en el ambiente republicano de la ciudad, que había hecho de Torrijos un icono de la República y muchos pensaron en retirarle la invitación. El alcalde, Federico Alva Varela, encargó al teniente alcalde Modesto Laza Palacios que hablara con Unamuno para que no dijera que Torrijos era monárquico.

El día 13 de diciembre las autoridades malagueñas recibieron a Unamuno en la estación de ferrocarril. Laza Palacios le acompañó hasta el Hotel Regina. Allí le expresó la inquietud que sentían sus anfitriones al saber que iba a decir que Torrijos había sido monárquico. Sin embargo, Unamuno no cedió, e insistió en que su labor era decir la verdad con rigor histórico y añadió que comenzaría su discurso hablando del personaje tal como era.

Al día siguiente, se dirigieron al Teatro Cervantes con el aforo completo. Estaban presentes los enviados de los periódicos que expectantes se disponían a tomar nota de cuanto Unamuno dijera. Pero, los organizadores ya sabían cuales iban a ser sus primeras palabras y, cuando tras la rutinaria presentación Unamuno empezó a hablar, todos comenzaron a aplaudir de forma atronadora durante un largo rato, de manera que no se pudo oír lo que decía y las crónicas de prensa tuvieron que obviar el arranque de la disertación porque resultó inaudible.

A la salida, el Rector fue invitado a un almuerzo en los Baños del Carmen, un famoso balneario en la playa, donde le pagaron la cantidad de 200 pesetas que habían convenido por la conferencia que había versado sobre el título genérico La Libertad.

 

4.- A UNAMUNO LE ROBAN LA CARTERA

El día 15 regresa en tren a Madrid, donde toma un tranvía de la línea 8 que iba desde el barrio de La Bombilla hasta el Hipódromo, lo que hoy sería desde el Parque del Oeste hasta el Paseo de la Castellana, para luego ir a pie hasta la cercana calle Zurbano, en cuyo número 53, piso tercero, vivía su hija Salomé con su marido José María Quiroga Pla y su primer nieto Miguelín. Al llegar se dio cuenta de que le habían robado la cartera con 250 pesetas y corrió a denunciarlo a la comisaría de policía sin poder recuperar el dinero sustraído.

Al mismo tiempo, se enteró de que Niceto Alcalá Zamora acababa de nombrar un nuevo ejecutivo sin que hubiera contado con él. Su sorpresa fue mayúscula cuando oyó algunos de los nombres que lo componían: Manuel Azaña, como jefe del Gobierno; sus amigos José Giral Pereira, Indalecio Prieto y Fernando de los Ríos, como ministros de Marina, Obras Públicas e Instrucción Pública, respectivamente, o Largo Caballero para el ministerio de Trabajo. Para Unamuno aquello era una afrenta. No entendía cómo Largo Caballero podía formar parte de ese Gobierno después de haber sido consejero de Estado con Primo de Rivera y de que la UGT hubiera guardado silencio durante la Dictadura, mientras él se hallaba en el exilio.

El día 16, el diario El Liberal comentaba: “D. Miguel de Unamuno, orgullo del republicanismo español, gran paradojista, vive acaso una de sus mejores épocas del ensueño liberal, un ensueño individualista, hispánico. Diríase que contempla la política desde las almenas de un castillo, noble y simpática figura la suya. Pero, la verdad es que D. Miguel se ha quedado sin la cartera que le correspondía.

Cuando nadie se acordaba de él con estas trifulcas de la crisis, aparecen los reporteros y dan la noticia. ¿Por qué ha de hablarse de Azaña, y de Lerroux, y de Marcelino Domingo, y de Largo Caballero y no de D. Miguel de Unamuno? Una cosa es que interpretara la Constitución con un sentido personalísimo, con una visión muy propia del porvenir, y otra que no haya ni siquiera sonado su nombre en el revuelo intelectualista provocado por el Sr. Ortega y Gasset.

Y, sin embargo, la casualidad hace maravillas. En el trasiego político de estos días hay que meter a Unamuno. También a él le había correspondido una cartera en el reparto que hace la fatalidad de todo lo de este mundo. Y ayer se la quitaron en la plataforma de un tranvía.

La cita es inevitable. Y con ella se patentiza la estimada modestia del divagador, porque ha de comprobarse que no llevaba en la cartera más que 250 pesetas, y algo de mayor significación democrática, que no viaja más que en tranvía.”

 

5.- EL PAPEL RESIDUAL DE LOS INTELECTUALES

El 6 de diciembre, tres días antes de que se aprobara la Constitución, el filósofo José Ortega y Gasset ya veía que los políticos del nuevo régimen no contaban con los intelectuales, ni les pedía opinión sobre la forma de conducir el Estado. Dio una importante conferencia en el Cine de la Ópera de Madrid, bajo el título Rectificación de la República ante un repleto auditorio, entre el que se hallaba Unamuno, en el que advirtió de la situación a los líderes de los partidos: “El Estado requiere la colaboración de todos los individuos. Hoy gobernar es contar con todos. El Estado y la nación tienen que estar fundidos en uno, y a esta fusión se llama Democracia”.

Pero la realidad fue que los partidos aplicaron su ley de hierro. La República de trabajadores se mostraba irreconciliable con la de los intelectuales. La moderación y el liberalismo no encajaban con la revolución. Era una utopía que condujo al desencanto. Años más tarde, el diplomático exiliado Salvador de Madariaga, que en 1934 había participado en el gobierno de la República, declaró: “Guardé sobre la guerra civil silencio absoluto. Mucha gente no lo entendía, pero la razón era evidente: no podía hablar en pro de los rebeldes, pues representaban una política contraria a la mía; ni por los revolucionarios, no sólo porque no estaba de acuerdo con sus métodos, ni con los fines de alguno de ellos, sino porque además su causa no era la que decían ser, y llevaban ante el mundo una máscara de democracia”.

 

 

 

Miguel de Unamuno con la Asociación de Amigos del País de Málaga

 

Fusilamiento del general Torrijos en las Playas de Málaga. Antonio Gisbert.

 

Baños del Carmen. Playas de Málaga

 

El Presidente Niceto Alcalá Zamora

 

Conferencia de José Ortega y Gasset. Cine de la Ópera. Madrid

 

Tranvía en Cibeles en dirección a la Castellana

 

Miguel de Unamuno en el Congreso, cariacontecido (CMU)

 

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