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lunes 15 julio 2024
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Miguel de Unamuno y los metecos de París

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Miguel de Unamuno y los metecos de París

 

 

MIGUEL DE UNAMUNO CONOCE EN PARÍS EL AMBIENTE DE LOS AÑOS VEINTE. EN LOS CAFÉS DE MONTPARNASSE SE CONCENTRABAN BOHEMIOS Y HAMPONES QUE LUCHAN POR LA SUPERVIVENCIA

 

 

1.- El Café La Rotonde de Paris

2.- El escultor Mateo Hernández

3.- Las dádivas de los artistas

4.- La detención de Mata Hari

5.- Miguel de Unamuno y Enrique Gómez Carrillo

6.- La adversidad del pintor Celso Lagar

7.- La malévola labor de los críticos de arte

 

 

1.- EL CAFÉ ‘LA ROTONDE’ DE PARIS

Los cafés de Paris fueron tradicionalmente el punto de encuentro de intelectuales y políticos. Voltaire, Diderot y Rousseau fraguaron en ellos sus ideas revolucionarias. Siguiendo esa tendencia secular, La Rotonde de Montparnasse constituyó el cenáculo de los republicanos y exiliados españoles durante la Dictadura de Primo de Rivera. Allí concurrieron personajes de toda índole en una prolífica simbiosis de conveniencia.

Los políticos utilizaban a los escritores y a la prensa como medio de propaganda. El ex ministro monárquico Santiago Alba, o el futuro presidente de la Generalitat de Cataluña, Francesc Macià, se entrevistaban con periodistas como Blasco Ibáñez, su secretario Carlos Esplá, Marcelino Domingo y Emiliano Iglesias. Pero, además, este grupo de expatriados frecuentaban Le Select, La Coupole, Le Dôme y Le Vavin, después llamado Café du Parnasse, donde coincidían con Picasso, Ernest Hemingway, Luis Buñuel… bohemias tertulias de literatura, arte y extravagantes tramas.

En La Rotonde se proyectó la publicación de la revista mensual Hojas Libres, que dirigió Eduardo Ortega y Gasset en colaboración con Miguel de Unamuno, redactada en Hendaya e impresa en Bayona, con una eficaz difusión, tanto entre los exiliados, como en el interior de la península e Hispanoamérica. Decía Emilio Salcedo que ese lugar era legendario. El revolucionario ruso Leon Trotsky acudía a allí a diario, según le contaba a Unamuno su discípulo José Sánchez Rojas, el republicano de Alba de Tormes, que había compartido pensión con Lenin en la capital francesa.

Mientras en España gobernaba el General Primo de Rivera, aquel lugar se convirtió en punto de encuentro de sus adversarios en el exterior, encabezados por Unamuno y Eduardo Ortega y Gasset. El Rector conoció allí a Jean Cassou, un vasco francés de ascendencia española, que se ofreció a traducir a aquel idioma algunas de sus obras y medió ante el editorialista Louis Couchoud para que se las publicara. También por él tuvo un encuentro con el poeta checo Rainer Maria Rilke, amante de la cultura hispana por sus viajes a través de España.

 

2.- EL ESCULTOR MATEO HERNANDEZ

Pero en La Rotonde no todo eran armoniosas tertulias. El escritor Santiago Ontañón comprobó cómo entre los españoles había continuas disputas, no sólo de carácter ideológico, sino más bien por la penuria económica que atravesaban, llegando a tal extremo de que la dirección del establecimiento les prohibió que accedieran a la segunda planta destinada a restaurante, a la que se subía por una amplísima escalera. Eran los metecos de Paris (les métèques), término despectivo que se asignaba a los extranjeros que llegaba a la capital francesa, refugiados o en busca de fortuna.

En una carta que el escultor Mateo Hernández dirige a Miguel de Unamuno en 1924, le narra ese ambiente de crispación que existía en la colonia española de La Rotonde. Refiriéndose al escritor y periodista Enrique Gómez Carrillo, le decía: “El año pasado publicó en El Heraldo de Madrid una crónica del Salón de Otoño donde decía que yo tenía las manos muy gordas y sucias y una cara durísima, y que esto decía bastante de mi obra y temperamento. Entonces los diarios y revistas franceses habían hablado unas ochocientas veces de mi trabajo con el mayor respeto. Ese señor que envía la crónica desde aquí a El Heraldo se imagina que yo le debo la vida y que dependo de él.

Desde esa fecha, cada vez que un diario habla de mí, sea por mi trabajo o por otra cosa, este individuo echa espuma por la boca. Este antropófago, desde hace un año no sabe cómo provocarme. Cuando el Comedie del 7 de marzo publicó mi protesta sobre su destierro a Fuerteventura, como también en el Chicago Tribune del 4 de marzo, o en el Art et Décoration del 10 de octubre, de mi gran amigo el crítico de Comedie, a quien yo había hablado de la pena que me producía la canallada que habían hecho con usted, aprovechando la publicación de dos estudios sobre mis granitos, para mostrar mi admiración por su talante, yo creo que no es un crimen. Pues bien, este cronista se puso furioso.

Días antes de que usted llegara a Paris, pasó por La Rotonde, y éste, en compañía de otros dos que hoy están a cuatro patas delante de usted, le estaban criticando de una manera poco agradable para usted. Esto me puso furioso y les llamé al orden, diciéndoles que usted merecía la admiración de todos los españoles. Esto no me ha hecho persona grata. Desde que usted empezó a venir por La Rotonde, este tipo emplea frases de una violencia cada día mayor, hasta el punto que se diría que está loco.

 

3.- LAS DÁDIVAS DE LOS ARTISTAS

Hace poco más de un mes, seguía Mateo Hernández en su exposición a Unamuno, publicó Comedie una carta mía, respuestas a unas preguntas que me había hecho ese diario. En cuanto me vio en La Rotonde me gritó como una bestia en francés, diciéndome farsante, usted no tiene vergüenza, es un canalla. Puso dos billetes de cien francos sobre la mesa del café para que demostrase que yo sabía leer español. Como entre aquellas personas no había más español que el pintor Celso Lagar, de Ciudad Rodrigo, los demás eran franceses, el director de una revista francesa le llamó la atención diciéndole: no continúe insultando a Hernández. Usted lo hace porque no le ha regalado una obra o porque no le ha pagado un artículo”.

(Para comprender el contenido de esta carta, hay que indicar que existía la costumbre de que, cuando los artistas hacían alguna exposición de sus obras, junto con la invitación a los críticos de arte para que asistieran al acto, les regalaban alguna pequeña obra, para que su reseña en la prensa les resultara favorable. Otras veces, lo hacían a posteriori. En esa práctica no entraba Mateo Hernández, porque en sus inicios nadie se interesó por sus esculturas, todo lo contrario a cuando se convirtió en un personaje consagrado y ya no necesitaba a la crítica. Incluso, llegó a tener un caché superior al de Picasso, lo que le hizo ganarse la inquina de los plumíferos.

A modo de ejemplo, cabe señalar que, en 2010, la Obra Social Caja Duero realizó una exposición en Salamanca sobre la vida del crítico de arte soriano Juan Antonio Gaya Nuño, que comprendía una selección de un centenar de las más de 800 obras que poseía de los principales pintores españoles. Así lo expresaba en el catálogo: “La muestra del legado pictórico de Gaya Nuño nos ofrece la posibilidad de contemplar un centenar de piezas, como las esculturas de Pablo Serrano, y Jorge Oteiza, además de las obras de Tàpies, Martínez Novillo, Benjamín Palencia, José Caballero, Ramón Rogent, Planas Durá o Pancho Cossío, todas ellas regaladas al historiador por los propios artistas, como signo de agradecimiento por sus críticas, o por amistad”).

 

4.- LA DETENCIÓN DE MATA HARI

Enrique Gómez Carrillo era un guatemalteco con gran predicamento en España, Había sido un afamado periodista de internacional para El Liberal de Madrid, periódico del que llegó a ser director. Desde 1917 residía en Paris, donde frecuentaba los lugares de la bohemia. Se vio involucrado en un serio affaire. Simultaneaba relaciones con la bailarina Mata Hari y la cupletista aragonesa Raquel Meller con la que se casaría. Se dice que, por celos, la Meller delató a Mata Hari como la agente H-21 en labores de espionaje al servicio del gobierno alemán durante la I Guerra Mundial.

Rafael Cansinos Assens relataba que, entre la colonia española se comentaba que, estando Gómez Carrillo y Mata-Hari en Madrid, la invitó a una fiesta en San Sebastián y que, después de unas copas, la introdujo en Francia sin que ella lo advirtiera. Las autoridades francesas la detuvieron y cursaron su traslado a Paris para que se la juzgara. Fue condenada a muerte y fusilada en el foso de Vicennes. Aquel suceso siempre resultó un misterio. En realidad, la espía se llamaba Margaretha Zelle y era holandesa, aunque se hacía pasar por una bailarina sagrada de Java. En cualquier caso, para muchos la reputación de Gómez Carrillo quedó en entredicho.

 

5.- LA RELACIÓN DE MIGUEL DE UNAMUNO CON GÓMEZ CARRILLO

Pasado aquel trance y ya divorciado, Carrillo ejercía de dandi y de escritor megalómano, que se dedicaba a ensalzar a unos y despreciar a otros, según le interesara en cada momento en su labor de agente literario e introductor de los escritores hispanos que caían por Paris. En 1904 calificaba a Unamuno en la revista Le Mercure de France de “juglar de provincias”, “habitante de Salamanca la muerta”, “algo de eclesiástico, de pastor protestante” y otras lindezas.

No obstante, Carrillo consiguió embaucar al Rector en 1907 y 1916 para que colaborara en sus revistas El Nuevo Mercurio y Cosmópolis, de carácter modernista y afrancesado en el que su casticismo no tenía mucho encaje. Carrillo buscaba el renombre del Rector y éste la difusión de sus obras en Hispanoamérica. Pero las publicaciones no tuvieron buena acogida. La tirada era cara, 200 páginas con buen papel y tipografía de lujo. Unamuno no cobraba sus artículos y dejó de colaborar con Carrillo, que lo tomó como un desdoro a su persona, tratando de contrarrestarlo con los comentarios maledicentes a que el escultor Mateo Hernández se refería.

Pero cuando don Miguel llegó exiliado a Paris, alabado por todos y en olor de multitud, cambió el tono. Antonio Machado comenta de él: “Gómez Carrillo, después de haber pretendido desprestigiar a Unamuno para halagar a Luca de Tena, tiene el tupé de ir a esperarlo, en compañía de otros chirigües a la Gare Saint-Lazare. ¡Pobre don Miguel!”. Para el escritor Luis Bonafoux, Carrillo era un bravucón que siempre buscaba la pendencia, llamándole “escarramán y perdonavidas”, por cuyas palabras le envió a sus padrinos para retarle duelo, a lo que Bonafoux le respondió: “Digan ustedes a ese que no me bato. Pero que, si me molesta mucho, le buscaré y le meteré una bala en el recipiente de las tonterías, lugar donde otros llevan la cabeza”.

 

6.- LA ADVERSIDAD DEL PINTOR CELSO LAGAR

La mencionada carta de Mateo Hernández a Unamuno deja entrever la estrecha relación que hubo entre el escultor bejarano y el pintor mirobrigense Celso Lagar. Ambos ya habían visitado Paris anteriormente. Lagar estudió Escultura en la Academia de Bellas Artes parisina en 1911, que luego deja por la pintura. Allí conoció a Joseph Bernard, a su amigo Amedeo Modigliani y a la escultora francesa Hortense Begué con la que se casa en 1920.

Hernández y Lagar marcharon definitivamente a Paris en la misma época. Ambos tuvieron compañeras francesas que inspiraron sus creaciones: Fernande Carton y la mencionada Hortense Begué. Frecuentaron los mismos cafés en que expusieron por primera vez. Más tarde, los mismos centros o galerías, el Salón de Otoño, el Museo de Jeu de Palme… Lagar experimenta todas las vanguardias europeas que se concentran en Paris. Luego, se inspira en Goya y Picasso.

Con la Segunda Guerra Mundial decae su época dorada. Lagar y Hortense se refugian en los Pirineos franceses viviendo varios años en unas condiciones muy precarias. A su regreso a Paris tras la liberación, las tendencias artísticas habían cambiado y sus obras ya no interesaban. Celso Lagar no tuvo la misma suerte que Mateo Hernández. La descripción que el periodista César González Ruano hizo de él y de su esposa cuando les encontró resulta estremecedora: “Iban arropados en bufandas y lanas recosidas. Parecían que estaban muertos. De vez en cuando se les salían los periódicos que llevaban debajo de las ropas”.

La labor artística del pintor finaliza cuando su esposa muere prematuramente. Lagar sufre una profunda depresión por la que es ingresado en el psiquiátrico de Sainte Anne y cae en el olvido. Un año después de que dejara de pintar, el marchante húngaro Andras Kalman realizó una exposición de su obra en Londres con un rotundo éxito, creyendo que había muerto. Su sorpresa fue mayúscula cuando se entera de que Lagar estaba vivo. Le buscó hasta encontrarle.

Kalam hizo saber a la dirección de aquel psiquiátrico el gran valor que podría tener en el mercado el centenar de cuadros de Lagar que almacenaba en los sótanos, con cuya venta se podría saldar la enorme deuda que había generado la estancia del pintor, de la que nadie se hacía cargo. Una vez sacados a subasta, quedó saldada con la adjudicación de treinta de ellos. Su nombre empezó a sonar de nuevo en las galerías, pero ya inútilmente.

 

7.- LA MALÉVOLA LABOR DE LOS CRÍTICOS DE ARTE

El cainismo que los críticos de arte españoles practicaban sobre los creadores exiliados resultaba ignominioso. A Mateo Hernández le crearon una inmerecida fama de avaro, porque no le gustaba vender sus obras. Aquellas piezas eran como su familia. Se sentía feliz viviendo entre ellas y sólo vendía cuando la necesidad le acuciaba y a precios desorbitados. César González Ruano decía de él: “En Montparnasse se creía que el escultor guardaba oro enterrado en el jardín de su casa y que no pagaba un café ni a su padre”.

La palma se la llevaba el oficialista Eugenio d’Ors. Al morir Mateo Hernández en 1949, en su nota de despedida señalaba: “Cuán heroica la aventura vital de este artista nuestro, empeñado en una ilusa ciclópea tarea. Se quedó ciego casi, heridos sus ojos por las esquirlas y las centellas de las piedras labradas. Se quedó sordo casi, heridos sus tímpanos por el incesante estruendo de los golpazos. Sufría de dos peligrosas hernias por el acarreo de los bloques. Y, total, para que un oso le saliera bien peludo y una foca bien lisa”… ¿A qué se debía tamaña inquina por parte de los críticos hacia determinados artistas? El propio Mateo Hernández se lo había indicado a Unamuno: porque no les han regalado una obra o porque no les han pagado un artículo.

(Foto portada. Place de l’Étoile. Paris)

 

 

Miguel de Unamuno

 

El escultor Mateo Hernández

 

Enrique Gómez Carrillo

 

 

Mata Hari

 

Raquel Meller

 

El pintor Celso Lagar

 

Retrato de Celso Lagar por Amedeo Modigliani

 

Andras Kalam visita a Celso Lagar

 

Engenio d’Ors

 

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