La crítica literaria: Clarín y Miguel de Unamuno
LA CRÍTICA LITERARIA SIEMPRE FUE UN CABALLO DE BATALLA PARA LOS ESCRITORES. ¡CUÁNTOS MESES CUESTA ESCRIBIR UNA OBRA QUÉ UN CRÍTICO PUEDE DESTRUIR EN UN MOMENTO!
1.- La Crítica literaria
2.- El irascible Clarín
3.- Clarín y Miguel de Unamuno
4.- Unamuno y Kierkegaard
5.- Lo que Unamuno aprendió del maestro Clarín
1.- LA CRÍTICA LITERARIA
En la actitud de los críticos literarios suele haber dos modelos en el escrutinio de la obra seleccionada, el de la acidez corrosiva y el de la benevolencia. Entre los primeros estaba Francisco Rico, filólogo y académico de nuestro tiempo. Era el terror de los escritores noveles, que temblaban que se fijara en su ópera prima, porque con su opinión una incipiente vida literaria podía ser aniquilada. Los encontronazos con las gentes de letras eran inevitables. Dominaba el Siglo de Oro, y el hecho de ser uno de los mayores conocedores del Quijote le daba una cierta aureola sobre los demás. Sus continuas revisiones de la obra de Cervantes le hicieron sentirse dueño de la novela por excelencia, lo que también sucedió con varios escritores encumbrados de la Generación del 98, como Miguel de Unamuno.
De esa condición era Clarín, que no se amparaba en el conocimiento del Quijote, sino en la fama que como novelista le aportó La Regenta, obra maestra a caballo entre el Naturalismo y el Realismo, tan cercana a las tendencias francesas que siempre se dijo que era un remedo de Madame Bovary de Flaubert. Desde su atalaya censuraba a todos, a Zola, a Galdós, a Pardo Bazán, a Pedro Antonio de Alarcón, de quien dijo que carecía de estilo y de cultura. El lema de Clarín era “cuando yo escribo pienso en la justicia, no en la raza de las pulgas que tienen los autores”. Con esos comentarios satíricos se ganó mucha animadversión. Max Aub decía de él: “Era un resentido incapaz de crear él mismo algo superior a lo criticado”.
La otra forma de hacer crítica era la de su coetáneo Juan Valera. Simplemente, tenía en cuenta las obras en las que apreciaba calidad. Para las demás, aplicaba el silencio, que significaba una valoración prudente. “Si no me gustasen las obras de Clarín, procuraría hablar de ellas lo menos posible”, señalaba. Consideraba que, sin dejar de reconocer su valía, aquel ovetense nacido en Zamora era “demasiado violento en sus análisis”, y añadía: “Es un crítico duro, cruel, injusto a veces, sobrado y descontentadizo, de agudísimo ingenio, de erudición varia y grana, y singular chiste, y discreción en cuanto escribe, cuando la pasión de secta no le ciega”.
Así fue como en 1897 Miguel de Unamuno cayó en la rutina del escritor novel y su novela, la de enviársela al más eminente de los críticos con la esperanza de que le diera su parabién y el espaldarazo editorial. Se trataba de Paz en la Guerra, una obra muy querida por él. Decía que era uno de sus hijos, porque se basaba en los recuerdos de niñez sobre las guerras carlistas en su Bilbao natal. ¿Qué obstáculo podía haber cuando los dos eran catedráticos de Universidad, Clarin de Derecho Natural en Oviedo y Unamuno de Griego en la de Salamanca?
2.- EL IRASCIBLE CLARÍN
Leopoldo Alas ‘Clarín’ y Unamuno fueron dos vidas paralelas. Eran prohombres de la periferia, alejados de los ambientes literarios de Madrid, aunque ambos habían estudiado en la Universidad Central de la capital del Reino. Clarín tuvo como profesor a Francisco Giner de los Ríos y formó parte del círculo intelectual krausista. Adoptó el pseudónimo de Clarín tomándolo de una de los personajes de La Vida es Sueño de Calderón de la Barca.
Desde los inicios de su escritura en la capital, Clarín se mostró satírico y mordaz, conduciéndole esas cualidades a varios duelos. Uno de ellos fue muy sonado. Sucedió el 20 de mayo de 1892 en las afueras de Madrid con el novelista cubano Emilio Bobadilla, con seudónimo Fray Candil, por los continuos ataques y réplicas en el Madrid Cómico. El duelo fue a sable, resultando herido Clarín en el brazo izquierdo y en la boca, siendo testigos dos asturianos, el escritor Armando Palacios Valdés y Tomás Tuero, redactor de El Liberal. La prensa decía que la contusión en la boca era merecida por el crítico, porque por la boca muere el pez. Años más tarde, cuando Clarín expiró, Bobadilla dijo en una nota necrológica que nunca le mostró rencor: “Lo que yo padecí nadie lo sabe. ¡Tener que matarme con un hombre a quien yo quería y admiraba!”. Era el mundo de las letras de la época.
Aquella ideología krausista que Clarín conoció en Madrid, le convirtió en un liberal republicano, implacable con los conservadores. En 1891 fue elegido concejal para el Ayuntamiento de Oviedo. El día que tomó posesión del cargo, se puso hecho un basilisco cuando al concejal que estaba leyendo al acta se le escapó un “haiga”. Se dirigió a él de una forma tan desaforada y violenta que el edil, oyendo las risas de los asistentes, presentó al momento su dimisión avergonzado. Clarín comprendió que se había excedido y tuvo que pedir al edil que reconsiderada su decisión.
El crítico falleció prematuramente en 1901, año en que apareció la segunda edición de La Regenta con un prólogo de Benito Pérez Galdos. Tan sólo tres días antes, Clarín había escrito un artículo en Los Lunes del Imparcial muy airado contra los escritores jóvenes, titulado Un discurso de Menéndez Pelayo, en el que afirmaba: “Se quejan algunos jóvenes de que la crítica siempre atiende a algunas personas, lee y comenta sus obras, y olvida, y acaso no lee, a multitud de autores nuevos, que no tienen la culpa de ser nuevos. No digo que a veces no se peque por omisión, pero por lo general el silencio es un juicio, como el sueño del otro”.
Muchas de sus víctimas no dudaron en expresar animadversión hacia él. El escritor Luis Bonafux, a quien Clarín calificó como a otros muchos de mediocre, escribió un artículo en el que se explayaba con palabras como éstas: “Yo he sido el primero en alegrarme de la muerte de Clarín. En su entierro se escuchó el silencio que se escucha en los entierros de los tiranos”.
3.- CLARÍN Y MIGUEL DE UNAMUNO
Unamuno mantuvo con Clarín una relación epistolar desde 1897 hasta el final de su vida, pero, no se conocieron personalmente. En esos cuatro años le dirigió diez cartas a las que sólo contestó algunas. En 1896 le envía Paz en la Guerra, su primera novela. Clarín nunca hizo crítica literaria alguna de ella, lo que ofendió mucho a Unamuno, que había puesto en él todas sus esperanzas de éxito. “Es usted no ya el primero, sino casi el único escritor español que me hace pensar”, le repetía con una evidente intención de halagarle. Sin embargo, Clarín no le reconoció como novelista. Le encasilló “entre los profesores tan dignos de alabanza por sus esfuerzos, su explicación y su talento”, y añadía: “Estos señores no tienen por profesión la literatura”. Unamuno se revuelve y le puntualiza sin ninguna modestia que su novela “es enormemente superior a todo lo demás que he hecho”.
En abril de 1900, le envía la obra Tres Ensayos (¡Adentro!, La Ideocracia y La Fe). Clarín escribe una reseña en El Imparcial con un carácter desleído y poco preciso que molesta al autor al que achaca falta de originalidad. El 9 de mayo escribe a Clarín una larguísima carta de diecisiete hojas llenas de reproches y de elogios a la vez. Ofendido, le recuerda que a su Regenta también se le adjudicó injustamente ese defecto, el de plagiar a Flaubert, en lo que él no creía, porque sabía que fue sacada de sus propias observaciones de la realidad.
Como respuesta, Clarín, publica en El Pueblo de Valencia el artículo Como gustéis, de nuevo sobre Tres Ensayos, lo que hace pensar que no había leído dicho libro en la anterior ocasión. El crítico ovetense resalta la originalidad de la obra de Unamuno anuncia en sus últimos párrafos: “En otros muchos periódicos hablaré de Tres Ensayos”.
Unamuno coge el guante e insiste respecto a su Paz en la Guerra: “Un escritor que hace un librillo de setenta páginas, que ‘hace pensar’, y del que se propone usted hablar en muchos periódicos, un escritor así, ¿no merece que un crítico de profesión intente leer la obra en que enterró su juventud y diez años de meditación por las páginas de la historia?”. Y se empecina: “Vuelvo a rogarle que lea mi pobre hijo, mi pobre hijo predilecto, y me desengañe en mi viejo cariño, si es que estoy engañado”. Cuando Unamuno define a su novela como “mi pobre hijo predilecto” efectúa una personificación inadecuada, hasta el punto de que lo mezcla con sus hijos reales, haciendo una descripción familiar desafortunada.
4.- UNAMUNO Y KIERKEGAARD
Definitivamente, Clarín no hizo la crítica de Paz en la Guerra que Unamuno tanto anhelaba. De su indiferencia pudiera presumirse que admiraba al ya Rector de Salamanca, pero nunca lo reconoció, porque consideraba que poseía un ansia de notoriedad en la que él no transigía. En sus misivas, Unamuno transmitía a Clarín un tono inusitadamente elevado e incómodo, porque no sólo pretendía ponerse a su altura, sino además superarle. En realidad, le desbordaba. He aquí algunos ejemplos en su carta de 3 de abril de 1900:
“Ahora me preocupan mucho los estudios religiosos. La gran Dogmengeschiste, de Harnack, me abrió grandes horizontes. Ahora estudio las últimas evoluciones de la teoría luterana con Ritschl a la cabeza. Es difícil que aquí sintamos a Kant, aunque lleguemos a compréndelo, porque no hemos pasado de Lutero. La evolución filosófica alemana no era más que una fase de la íntima evolución del espíritu germánico que, en su teología mejor que en otra parte, se revela. Sin Schleiermacher no se concibe a Kant”.
Y proseguía: “Voy a chapuzarme en el teólogo y pensador Kierkegaard, fuente capital de Ibsen, que decía de joven que aspiraba a ser el poeta de Kierkegaard, según he leído en el libro de Brandes sobre Ibsen, que es donde comencé a aprender danés. Muchas de mis meditaciones en este orden van condensadas en el tercero de mis Tres Ensayos titulado La Fe. Este librillo saldrá de un día para otro, y lo recibirá usted enseguida. No es más que un avance a lo que muy más por extenso he de desarrollar en mis Diálogos Filosóficos”.
Soren Kierkegaard era un filósofo-teólogo danés desconocido en España y Clarín carecía de referencias de él para enjuiciar sus teorías. Había escrito sus obras en la década de 1840 y no fueron traducidas al español hasta pasados cien años, principalmente, por el filósofo Demetrio Gutiérrez Rivero. Causaba un cierto recelo que Unamuno sólo hubiera traducido a Kierkegaard para su uso personal, cuando por esos mismos años, de 1893 a 1900, trabajaba intensamente como traductor en varios idiomas para la editorial La España Moderna fundada por el filántropo José Lázaro Galdiano.
Esa es la razón por la que Ramón J. Sender, gran detractor de Unamuno, decía: “Citaba a Kierkegaard cuando nadie le conocía para impresionar a los que le rodeaban”. Justo lo que hacía con Ortega y Gasset para ganar amigos. Y por lo que Clarín, en la reseña que realiza a Tres Ensayos, efectúa una introducción elogiadora neutra, al más puro estilo académico: “Unamuno, profesor de lengua y literatura griegas en Salamanca, es un notable polígrafo, lo cual no le impide ser especialista en algunas ciencias. Pero no hay que llamarle sabio, porque se le molesta. Él prefiere las obras de imaginación y sentimiento, por motivos muy filosóficos y largos de explicar…”.
5.- LO QUE UNAMUNO APRENDIÓ DEL MAESTRO CLARÍN
Cuando Clarín murió eran muchos los que anhelaban ocupar su puesto de as de la baraja literaria española. Posiblemente, recayó en Azorín, quien a Unamuno le hizo sentir cierto despecho, porque las críticas que el articulista recibía de Clarín eran siempre extra-indulgentes, según le decía, sumado al “desinterés que mostraba por los principiantes”. Posteriormente, Unamuno asumió esas mismas cualidades de indolencia e indiferencia hacia los escritores jóvenes de su maestro y dio múltiples muestras de ello. Le resultó fácil porque los dos eran de similar pasta.
En 1929, el periodista César González Ruano establecía el paralelismo en El Heraldo de Madrid: “Clarín pasó toda su vida en esa crisis de soledad que forjó el hondo sentimiento trágico de Ángel Ganivel y Miguel de Unamuno”. E igualmente lo veía Melchor Fernández Almagro en 1947 en su reseña a Obras selectas de Clarín: “Clarín, tan libresco, era patéticamente humano, y vivió problemas de su tiempo con dramatismo muy al estilo de Unamuno, con el que, por cierto, ofrece en su existencia mortal y en su obra imperecedera, bastantes analogías”.
Ahora, eran los jóvenes principiantes los que acudían a Unamuno, que veía su pasado reflejado en ellos. En 1909, escribió en El Imparcial un artículo titulado Prólogo Ejemplar, en el que señalaba: “Al joven autor de esta obra que estoy prologando, autor vivo y muy vivo, le importa poco, me parece, que yo haya leído su obra, con tal de que se la prologue, y tampoco le importa gran cosa el que yo hable o no de su obra en un prólogo a ella. Lo capital para él es que mi nombre aparezca en la cubierta de su libro”.
Y también retrocede al pasado cuando en 1907 escribe en su obra De esto y aquello: “Son muchos los que a la muerte de Clarín me vinieron con el cuento de que le sustituyera echándome al cuello el dogal de crítico de profesión. Lo que buscaban no es que marcase rumbo a nuestras letras, no, sino que les elogiase a ellos sus obras. Se me quería de instrumento”.
Esa falta de disposición hacia los escritores noveles, propia de los conflictos generacionales, le llevó a clamorosos desaciertos. Fernando Pessoa envió a Unamuno una carta con el primer número de la revista Orpheu esperando que le hiciera de introductor en España. Y su compañero de letras Sá-Carneiro también le mandó tres libros con el deseo de que los reseñara favorablemente en la prensa. En ambos casos, no recibieron ninguna respuesta.
Igualmente, Jorge Borges le envió su primer poemario dedicado Fervor de Buenos Aires y otras dos cartas sin recibir contestación. Y cuando Unamuno estaba exiliado en Hendaya, le hizo llegar la revista Proa, emblemática en Hispanoamérica, que contenía el ensayo Ejercicio de Análisis, alabando al Rector como poeta, y prosiguió con el habitual desdén. Su talante era bien distinto al de su compañero de letras Pío Baroja, más complaciente entre quienes le pedían ayuda.
En 1930, el hijo de Clarín, Adolfo Alas Argüelles, escribió a Unamuno, aún en Hendaya, comunicándole que estaba preparando el epistolario de su padre para publicarlo. Le solicitó permiso para publicar sus cartas y al mismo tiempo le pidió copia de las que tuviera de Clarín. Le contestó diciendo que tuvo varias de su padre pero que le sería difícil encontrarlas entre sus papeles que le estaba ordenando su yerno Quiroga Pla. En 1935, Adolfo Alas le escribe de nuevo al respecto y Unamuno le responde: “Puede usted editar desde luego en ese epistolario de su padre las cartas que le dirigí. Desgraciadamente, de las pocas que de él recibí, no creo que llegaran a tres, no conservo ninguna”. Dicha obra fue publicada en 1941 en facsímiles por Ediciones Escorial, bajo el título Epistolario a Clarín. Menéndez y Pelayo, Unamuno, Palacio Valdés, con prólogo y notas de Adolfo Alas.
Hubo que esperar a los años treinta para que el Rector recapitulara y cambiara el rumbo. El 13 de julio de 1934 recuerda en el diario Ahora aquella desesperanzada relación con Clarín y escribe: “Hay que volver a leer y releer, y paladear y digerir, los escritos de aquel hombre tan profundamente religioso, comprensivo, sensitivo y español”.

Leopoldo Alas ‘Clarín’

Miguel de Unamuno

