El PEN Club Español: Azorín, Unamuno, Gómez de la Serna…
EL PEN CLUB ESPAÑOL FUE UNA SOCIEDAD LITERARIA QUE REUNIÓ A LO MÁS GRANADO DE LAS LETRAS, RECIBIENDO CRÍTICAS DE CLASISMO Y POCA EFECTIVIDAD
1.- Fundación del Pen Club Español
2.- Discrepancias entre los socios
3.- Adhesión a Miguel de Unamuno en el destierro
4.- Consecuencias del homenaje a Unamuno
5.- Miguel de Unamuno en el Pen Club Internacional
6.- Refundación del Pen Club Español
7.- La Guerra Civil y el exilio
1.- FUNDACION DEL PEN CLUB ESPAÑOL
En 1921, la poeta y periodista británica Catherine Amy Dawson Scott, más conocida como Sappho, creó en Londres el Pen Club International, una charity que reunía a los poetas, ensayistas y novelistas de Inglaterra y Gales. En el acto fundacional se congregaron cuarenta y cuatro escritores, entre los que se hallaban Joseph Conrad, Bernard Shaw y H. G. Wells, y tuvo como primeros presidentes, sucesivamente, a John Galsworthy, Jules Romains y el propio H. G. Wells.
Ramiro de Maeztu, que durante cuatro años había sido corresponsal de varios periódicos en Londres, y buen conocedor de las instituciones británicas, asimiló la idea de aquella organización de escritores y, a su regreso a España, se la transmitió a Azorín que, junto a Ramón Gómez de la Serna, fundaron el Pen Club Español el 5 de mayo de 1922. La primera reunión tuvo lugar el 5 de julio siguiente mediante un banquete en el restaurante Lhardy. En los postres, Azorín propuso una votación para la elección de presidente que, como no podía ser de otro modo, recayó en él mismo por unanimidad. En Londres, lo era Thomas Hardy; en París, Anatole France, y Maurice Maeterlinck en Bruselas.
La noticia del acontecimiento fue dada al día siguiente por el diario ABC con un artículo titulado Un Club Literario: “Ayer se reunieron a almorzar los miembros del Comité de este interesante Club literario. Asistieron el presidente, Azorín, y Maeztu, Díez-Canedo, Gómez de la Serna, Almagro, Enrique de Mesa, Pérez de Ayala y Salaverría. Después de ultimar algunos detalles de organización se dio por constituida la nueva Sociedad, que pronto ha de reunir en su seno a toda la familia literaria”.
La iniciativa fue bien acogida por la mayoría de los escritores, como Díez-Canedo, que decía: “Los hombres de letras han considerado de algún tiempo a esta parte, no la sobriedad, sino la abstención en materia de brindis y discursos”. Pero otros, como el propio Gómez de la Serna, se mostraban recelosos. Considera que no era de mucha utilidad y encarecería sus vidas, porque esas reuniones se celebrarían en los mejores restaurantes de Madrid, como Botín o El León de Oro, invitando a personalidades extranjeras residentes en Madrid o que fueran de paso. El segundo de esos actos consistió en una comida de confraternidad el 7 noviembre en el Hotel París.
2.- DISCREPANCIAS ENTRE LOS SOCIOS
Desde el comienzo de la sociedad surgieron voces discrepantes que hicieron que Azorín dimitiera de su cargo a los dos años debido a los avatares de la política nacional que incidían en ella, principalmente la irrupción de la Dictadura de Primo de Rivera y a ciertos incumplimientos del acta fundacional. También dimitió del cargo de vicepresidente segundo del Ateneo de Madrid. Ramón Gómez de la Serna asumió la presidencia, al que siguieron Ramón Pérez de Ayala, Gregorio Marañón…
Uno de los lemas del Pen Club era: “Estará tan distante de las Academias como de los antros bohemios, será algo que sentará bien a la vida intelectual, dándole cordialidad y una mayor cohesión de clase, de oficio o de gremio”. Sin embargo, Azorín ingresó en la Academia de la Lengua en cuanto como pudo, provocando el desconcierto entre los socios. Lo hizo el 26 de octubre de 1924 con el discurso titulado Una hora de España (Entre 1560 y 1590). Pronto surgieron los detractores y la prensa tomaba sus reuniones a chacota.
Juan Ramón Jiménez escribía con acritud: “Mi querido Azorín. He agradecido a usted el noble artículo que ha tenido la delicadez de dedicarme en su ABC a mi libro Poesía (en verso) por dos razones principales: por la distinción y el estímulo que para mí supone su censura actual y porque me da ocasión para darle una lección de estética y ética, que hace tiempo usted viene mereciendo… Su posición actual, mi querido Azorín, es de una inmoralidad insostenible. Hay ya que faltarle a usted el respeto. En su ABC y en su PEN Club viene usted haciendo una defensa clara de lo fácil, de lo feo, de lo vulgar, que es una incitación para la juventud española que ha creído en usted; y a la juventud hay que enseñarle elevación y sacrificio, darle ejemplo de altura, de pureza y de dificultad”.
El poeta ultraísta Guillermo de Torre ahondaba en la decepción que el ingreso de Azorín en la Academia había causado entre los escritores más jóvenes: “Una campaña rumorosa, lícita y motivadamente, se ha levantado en una zona de nuestra juventud… La causa de esa campaña está en su ingreso en la Real Academia, en los artículos elogiosos en ABC para una serie de poetas y novelistas mediocres, en tanto olvida a los mejores o más prometedores de entre los jóvenes y, sobre todo, a su política de anexiones promiscuas desde la presidencia del PEN Club… En realidad, si la juventud ha decidido distanciarse de Azorín es porque su figura como escritor ha sido y es, todavía, la más interesante y atractiva para los jóvenes, que no entienden cómo ahora, en su última evolución, se nos presenta alicaído y senecto, lleno de contradicciones y de puntos débiles muy vulnerables”, espetaba.
Los artículos de Guillermo de Torre, de José Bergamín, Mariano Benlliure y un libro de César González-Ruano, destacaban que Azorín vulneraba los estatutos de una asociación que debería ser exclusivamente literaria, permitiendo que algunos aprovecharan aquellos banquetes para hacer política en contra del dictador Primo de Rivera.
3.- ADHESIÓN A MIGUEL DE UNAMUNO EN EL DESTIERRO
Miguel de Unamuno había sido desterrado por una orden de 20 de febrero de 1924 del Directorio militar. Por ese motivo, Azorín propuso rendirle un homenaje en el Restaurante Molinero el día 4 de marzo, y escribe una carta al secretario Melchor Fernández Almagro para que compre flores en abundancia que se pondrían en el asiento vacío que le hubiese correspondido a Unamuno a la derecha del presidente el día señalado.
Para muchos el acto resultó decepcionante. Azorín había conseguido un precio especial para el menú, 15 pesetas, compuesto por entremeses, huevos a la bearnesana, langostinos en salsa tártara, fricandó de ternera milanesa, guisantes a la riojana, capones asados con vino de Madeira y ensalada, todo ello regado con vinos de todo tipo, y finalizando con un variado postre compuesto por quesos, frutas, copas de helado, licores y champán. Unamuno lo merecía y nadie podía excusarse para no asistir.
Sin embargo, después de que los invitados recibieran el tarjetón, Azorín hizo un cambio de última hora. Añadió otro en el que decía que, debiendo ausentarse don Miguel de Unamuno de la península, quedaba sin efecto el orden del día para el banquete. Concluía recomendado “que no se pronuncie ningún discurso”. Por tanto, el homenaje a Unamuno se aplazaba sine die, pero el almuerzo se mantenía porque ya estaba contratado.
En el momento de los postres, todos esperaban que Azorín pronunciara algunas palabras. Pero no fue así. Por el contrario, trató de que nadie hablara, que se levantaran los manteles y todos se fueran a casa, porque cualquier discurso podía significar la cárcel. Gregorio Marañón se mostró reacio y, poniéndose en pie, realizó un prolongado alegato en favor de Unamuno. Azorín le miraba para que concluyera cuanto antes sin conseguirlo, y las palabras de Marañón tuvieron una amplia difusión.
El poeta gallego Ángel Lázaro Machado, buen amigo de Unamuno, así lo narraba en 1978 en el diario Pueblo, tras su regreso del exilio en Cuba: “Sirvieron el café y el licor. Silencio. Detrás de unos biombos estaba la policía secreta, vigilando, con un comisario al frente. Cerca, en la calle de La Reina, detrás de la Gran Vía, la Dirección General de Seguridad. Gobernación era el hermoso edificio de la Puerta del Sol. El silencio estaba cargado de tormenta…”.
En aquella cena los asistentes acordaron enviar un telegrama de saludo a doña Concha Lizárraga, esposa de Unamuno. Entre los firmantes estaban Azorín, Ramón Gómez de la Serna, Gregorio Marañón, Luis Bello, Maurice Legendre…
4.- CONSECUENCIAS DEL HOMENAJE A UNAMUNO
Aquel homenaje tan atropellado tuvo consecuencias entre los socios. José Bergamín escribió una carta al secretario, Melchor Fernández Almagro, diciéndole que no quería continuar en el Pen Club porque su actividad se limitaba a comer, y no entendía cómo después del destierro de Unamuno les seguían quedado más ganas.
Ramón Gómez de la Serna le comunica lo mismo, pidiéndole que se haga con una foto del cuadro que el pintor José Gutiérrez-Solana realizó en 1920 de su tertulia del Café Pombo, y que esa tarde se pasara por su casa en la calle Velazquez 4 con todos los comprobantes para dejar cerradas las cuentas.
Almagro era el paño de lágrimas de todos los socios. Continuamente le llegaban quejas a su domicilio de la calle Jorge Juan 5 de Madrid. Azorín le escribe encargándole que diga a los hermanos Pío y Ricardo Baroja que se pasen por la Librería Internacional en la Plaza de Canalejas 6 para cobrar unos recibos pendientes, y Pío Baroja comenta: “Azorín siempre está en las nubes, pero para el dinero se baja enseguida a la tierra”.
La crítica al Pen Club fue una constante. En sus inicios, Rafael Cansinos Assens señalaba: “Tenemos ya en Madrid un Pen Club, semejante a los que funcionan en el extranjero, y que tiende a unir a los escritores con un sentido de solidaridad y a sentarlos periódicamente en torno a una mesa. Algo así como la Agrupación Internacional de los Rotarios fundada por los hombres de negocios. El Pen Club de Madrid lo preside Azorín, y ya se han inscrito en él nuestros escritores de primera fila. Lo cual es una razón para que yo no lo haga. Me repugna todo lo que signifique reglamentación de la Literatura, pues tiende a crear castas y, en adelante, habrá la aristocracia literaria del Pen Club, condicionada como la antigua del Ateneo por una cuota que muchos no podrán pagar”.
Y al año siguiente la revista Buen Humor satirizaba a Azorín: “Cuando los camareros servían el café y los cigarros, se levantó a hablar nuestro presidente, el ilustre Azorín. Estaba rojo por la comida y por la dificultad de respirar en aquella saleta turbia de humo. Como un campesino con traje nuevo y en día de la boda del hermano, llevaba en la solapa un clavel, ese clavel comparable a una almendra garrapiñada, que se arranca a tirones del ramo monumental y que ahogamos en el ojal, no acostumbrado a sostener flores. Ganaba en bermejez el rostro a la clavellina, y los ojos brillaban como dos granos de uva grandes y verdes. La sensación agrioburguesa que irradiaba Azorín desarrollábase en el papel rameado de las paredes, las tulipas en el centro de unos rosetones de escayola, los cortinajes con borlitas y madroños, y la camilla en que se erguían y rebosaban de un jarro los crisantemos, los nardos, las rosas y los claveles, sobre los que serpenteaban unas cuentas con patriótico significado”.
A finales de 1924, el Pen Club ya tenía un muevo presidente, Ramón Pérez Ayala. Uno de sus primeros actos fue ofrecer un homenaje privado a la poeta chilena Gabriela Mistral en el Hotel Savoy, al que asistieron escritoras españolas como Concha Espina y María de Maeztu, además de numerosas autoridades hispanoamericanas. Enrique Díez-Canedo dio un discurso alabando las cualidades de la homenajeada, que fue nombrada “Socia de Honor” del Club, a lo que correspondió leyendo unas emotivas poesías, siguiéndola el polifacético Eduardo Marquina con la lectura de algunos versos tomados del poema Desolación, el más emblemático de la agasajada.
5.- MIGUEL DE UNAMUNO EN EL PEN CLUB INTERNACIONAL
En 1924, el Pen Club Internacional, presidido por el inglés John Galsworthy, creó el Comité para la Defensa de los Escritores en Prisión y, a petición del Pen Club Francés, el III Congreso del Internacional se celebró en París para honrar a todos los escritores encarcelados o perseguidos por ejercer su profesión. Consideraron que Miguel de Unamuno, por haber sido desterrado, debía participar como invitado de honor en señal de protesta por sufrir una medida tan arbitraria.
Los actos tuvieron lugar entre los días 21 a 23 de mayo. Éste fue el breve que envió Corpus Barga, corresponsal del diario El Sol de Madrid: “Se inauguró con un banquete de unos doscientos cincuenta escritores venidos del extranjero, representando veintidós literaturas. La mesa de honor estaba presidida por el novelista inglés Galsworthy, iniciador de esta Internacional del espíritu, y los poetas franceses Paul Valéry y Georges Duhamel, mientras que las mesas verticales eran siete, presididas por Heinrich Mann, el novelista germano; Luigi Pirandello, Miguel de Unamuno, el novelista alemán Alekxandr Kuprin, el novelista noruego Johan Bojer, el irlandés James Joyce y el mejicano Alfonso Reyes. En la mesa de honor estaban Enrique Díez-Canedo, en representación del Club de Madrid, y Luis Nicolau por el de Barcelona. Galsworthy empezó los brindis. Hablaron después Valéry, Duhamel, Galsworthy, Mann, Unamuno, Bojer y Alfonso Reyes”.
Unamuno tuvo oportunidad de charlar con todos ellos. A la mesa estuvo sentado con Luigi Pirandello y su traductor Jean Cassou, quien le presentó en su casa al poeta Rainer Maria Rilke. También congeniaría con Georges Duhamel, que comentaría aspectos de la vida de Unamuno en uno de los capítulos de su libro Lumière sur ma vie. Cuando le tocó el turno para pronunciar unas palabras en el Congreso cautivó al público, que valoró su esfuerzo en conseguir que su francés fuera correcto. Sobre todo, cuando pronunció la frase “au-dessus de la mêlée” (por encima de la pelea), que era el título del ensayo pacifista que en 1915 escribió Romaind Rolland, Premio Nobel de Literatura de ese año, sobre la I Guerra Mundial, apostando Unamuno por lo contrario, “en lo más profundo de la pelea”, por lo que recibió una cerrada ovación. Para Corpus Barga, que en aquellos momentos escribía una literatura comprometida, Unamuno era el precursor de esta nueva tendencia hacia el compromiso.
Según el periodista Carlos Esplá, compañero de destierro de Unamuno: “Este Congreso ha servido para que desfilen por París muchos grandes escritores europeos. Los periodistas hemos sido invitados a una de las sesiones, y hemos quedado realmente satisfechos por el espectáculo tan raro que ofrecen tantos escritores juntos… Pero, en conjunto, quitando algún caso de vulgaridad como el de Pirandello, un Congreso Internacional de escritores reúne a los tipos más raros de la tierra. La ventaja principal de los Pen-Clubs será, pues, la de demostrar a cada escritor raro que en otro país hay otro escritor todavía más raro que él. Esto puede ser un principio de solidaridad. Además, estos Congresos tienen otra ventaja: asisten a ellos esas damas viejas y ricas que cultivan la filantropía como distracción, y que, lo mismo que, a veces, legan su fortuna para cosas absurdas, pueden pensar, al ver tanto tipo extravagante, en dejar su herencia al Pen-Club, creyendo que han encontrado un empleo verdaderamente raro a su dinero”.
6.- REFUNDACIÓN DEL PEN CLUB ESPAÑOL
El Pen Club Español estuvo a punto de desaparecer durante la República debido al enfrentamiento político de los socios, en parte, porque seguían las mismas pautas que en el Ateneo. El periodista Luis Calvo, corresponsal de prensa española en Londres, se quejó en 1934 en el diario El Sol de que había habido un congreso del Pen Club Internacional en Edimburgo al que no había existido ninguna representación española. Y ello era debido a “las querellas personales que distinguen nuestra vida literaria”.
En 1935 se produjo una refundación en medio del enfrentamiento ideológico, nombrando presidente de honor a José Ortega y Gasset. La nueva etapa resultó efímera, desde el 15 de noviembre de 1935 hasta el 10 de junio de 1936, ocho meses en los que se reunieron para ocho comidas. En la convocatoria de la primera se invitó a los antiguos socios que habían abandonado a que se incorporaran de nuevo, inscribiéndose antes en la secretaría, y que recogieran las tarjetas en la Librería Beltrán, calle del Príncipe 16, “al precio de 12 pesetas, propina incluida”.
Pero enseguida aparecieron las discusiones. Según cuenta Carlos Morla Lynch, diplomático en la embajada de Chile y amigo de Federico García Lorca, el primer incidente surgió en torno a la figura de Gabriela Mistral. La novelista peruana Rosa Arciniega consideró una vileza que se hubiera publicado una carta privada de Gabriela Mistral, por entonces, cónsul chilena en Madrid. En ella, según Morla, se refería a “la leyenda negra en una forma de inusitada aspereza contra España”, provocando “una gritería descomunal”. La escritora Concha Espina trató de mediar y quitar hierro al asunto, que finalizó con “vivas a todo el mundo, una costumbre lamentable ésta que le imprime a esta clase de manifestaciones un carácter de parranda jaranera”, añadía Morla.
7.- LA GUERRA CIVIL Y EL EXILIO
Iniciada la Guerra Civil en 1936, los socios del PEN Club empezaron a salir de España al exilio. José Ortega y Gasset partió con la ayuda de su hermano Eduardo, embarcando en Alicante hasta Marsella. Por su parte, el gobierno de la República estableció una línea de evacuación de más de 300 intelectuales, como Pío Baroja, Ramón Menendez Pidal, Pérez de Ayala… que salieron de Valencia para franquear la frontera a través de Portbou.
Azorín, aprovechó la coyuntura de ser presidente ejecutivo del Pen Club para conseguir un salvoconducto, al que acompañaba el nombramiento de académico de la Lengua firmado por el presidente conservador Antonio Maura y la documentación que Ortega y Gasset le había proporcionado para que pudieran pasar a Francia su mujer, su sobrino y su cuñada.
En cuanto a Ramón Gómez de la Serna, su destino fue Argentina. Ya en 1931, había sido invitado por el Pen Club de aquel país a dar una serie de conferencias en Buenos Aires. Allí conoció a la escritora Luisa Sofovich con la que se casó ese mismo año antes de volver a España. Cuenta Ramón en su obra Automoribundia que, al haber formado parte de la directiva que fundó el Pen Club español, consiguió que el gobierno de la República le proporcionara un pasaporte con el ardid de que lo necesitaba para asistir a un congreso de la organización en Buenos Aires, y allí se estableció definitivamente. El periodista Alberto Insúa, también en la capital argentina, señalaba igual que Ramón cual fue la causa de la desaparición del Pen Club: «La urbanidad y la cortesía eran sus normas. Y en la república de las letras se olvidan, con lamentable frecuencia esas normas».

Sappho. Pen Club Internacional

John Galsworthy. Presidente Pen Club Internacional

Azorín y Pío Baroja

Ramón Gómez de la Serna

Reunión del Pen Club Español. Lhardy. 1922

Telegrama de adhesión a Miguel de Unamuno. 1924

Miguel de Unamuno

Unamuno en el III Congreso del Pen Club Internacional. París. (USAL/CMU)

