José María Quiroga Pla, el yerno exiliado de Miguel de Unamuno
JOSÉ MARÍA QUIROGA PLA VIVIÓ UNA TRAGEDIA. LA GUERRA CIVIL SUPUSO UN DRAMA PARA LOS QUE MURIERON LEJOS DE SU PAÍS Y SU FAMILIA
1.- Tiempos turbulentos
2.- La sombra de Jorge Semprún
3.- Los últimos años
4.- La obra poética de Quiroga Pla
5.- El epílogo de su vida en un prólogo
1.- TIEMPOS TURBULENTOS
En 1928, el poeta José María Quiroga Pla se casó con Salomé de Unamuno, hija de don Miguel de Unamuno, cuando el Rector se hallaba exiliado en Hendaya. Un año después nació su hijo Miguel y cuatro años más tarde murió Salomé a la prematura edad de 36 años. En ese tiempo y tardíamente, los médicos diagnosticaron a Quiroga una diabetes congénita que le hizo depender de la insulina el resto de su vida. En el verano de 1936, el golpe militar le sorprendió en Madrid y ya no pudo regresar a Salamanca, en consecuencia, no volvería a ver a Unamuno, que falleció pocos meses después.
Durante la República, Quiroga había sido presidente de la junta republicana de Salamanca y se adhiere a la Alianza al Servicio de la República, movimiento promovido por Ortega y Gasset, Pérez de Ayala y Gregorio Marañón. Tras el alzamiento se afilia al Partido Comunista y se instala en la calle de la Montera en Madrid, haciendo traducciones en medio de los estruendosos bombardeos de la aviación. En 1937 se traslada a Valencia con el gobierno republicano, donde ejerce como traductor en la Subsecretaría de Propaganda, hasta que se decepciona al ver cómo los pro soviéticos eliminaban a sus adversarios políticos, a los que calificaban de revisionistas, como fue el caso de Andrés Nin. Resolvió marchar al exilio a Francia, teniendo que esperar un tiempo en Barcelona, hasta obtener un pasaporte diplomático que le evitara ser internado en un campo de concentración para refugiados.
En París recibe la noticia de la muerte de Antonio Machado en Colliure. Con este motivo Rafael Alberti reúne en su casa a un grupo de exiliados, entre los que se contaban Quiroga Plá, Max Aub y Corpus Barga, quien propone a Quiroga como presidente de la Unión de Intelectuales Españoles. Nuevamente, se incorpora al Partido Comunista para poner orden en sus archivos. A cambio, le proporcionan la insulina que tanto necesitaba. Pero, su estado continuamente empeora. El periodista César González Ruano, compañero de la tertulia del Café Platerías de Madrid, le encuentra ocasionalmente en 1940 en Montparnasse y aprecia en él un evidente deterioro físico.
2.- LA SOMBRA DE JORGE SEMPRÚN
En 1947, ingresa en la UNESCO, organismo establecido provisionalmente en el lujoso Hotel Majestic, en la Avenida Klever de París. Como traductor llegó a convertirse en jefe de la sección de traducción española. Por primera vez, se sintió satisfecho por contar con un sueldo que le permitiera estabilizar su vida. Pero, posiblemente, sólo eso, porque el volumen de trabajo era tal que le impedía tener la tranquilidad de ánimo preciso para escribir sus poemas. Además, como le sucede al común de los mortales, le entró una piedra en el zapato. Se llamaba Jorge Semprún, escritor y futuro ministro de Cultura durante la Democracia en España.
Jorge Semprún Maura siempre fue considerado un falso comunista. Provenía de una familia aristócrata. Su padre era José María Semprún y Gurrea, embajador de España en La Haya y, su madre, Susana Maura y Gamazo, hija de Antonio Maura, cinco veces presidente del Consejo de ministros con Alfonso XIII y líder del Partido Conservador. Jorge Semprún también se incorporó el mismo año al grupo de traductores de la UNESCO, bajo la dirección de Quiroga Pla, que le prestó toda su ayuda, pues moralmente se sentía en deuda con su padre por haberle prologado su obra Morir al día.
Semprún tenía una alta formación. Había estudiado Filosofía y Letras en la Universidad de La Sorbonne de París. Se desenvolvía con soltura en francés y en alemán, en este último caso, gracias a la institutriz alemana que de niño le impuso su padre, con la que éste se casó en segundas nupcias al enviudar. Estaba afiliado al partido comunista francés y, posteriormente, al español. Durante la Segunda Guerra Mundial fue capturado por los alemanes y deportado al campo de concentración de Buchenwald, donde permaneció quince meses hasta la liberación por las tropas americanas. Cuando llegó al organismo de las Naciones Unidas, Quiroga le acogió y le situó como primer revisor de textos, obviando las murmuraciones que circulaban sobre el liberado, que podían resumirse en la falta de solidaridad mostrada con sus compañeros durante el confinamiento.
En el citado campo, gracias al dominio de la lengua alemana, Semprún realizaba labores administrativas y de control de los demás presos como capataz. Stéphane Hessel, escritor judío de la resistencia francesa internado en aquel lugar, manifestó que el español reservaba su protección sólo para los militantes comunistas. Su propio hermano Carlos le consideró un colaboracionista. Y el poeta de la resistencia Robert Antelme, íntimo amigo suyo, expresó sus dudas morales sobre el comportamiento de Semprún en aquella encrucijada. Respecto de sus actuaciones en al partido comunista, Antelme le acusó de denunciar ante la dirección del partido por revisionistas a casi todos los miembros de la llamada Célula de la Rue Benoit, incluyendo a su esposa, la escritora Marguerite Duras, y al amante de ésta, Dionys Mascolo, que calificaban a Semprún de delator.
Con este bagaje, las relaciones con Quiroga Plá en el trabajo resultaron tensas. Éste había advertido a Semprún que las órdenes de la dirección de aquella alta organización cultural eran tajantes: los empleados debían observar una neutralidad estricta, sin inmiscuirse en posicionamientos políticos. Tuvo que recordarle la consigna repetidas veces sin que la acatara. Semprún pasaba mucho tiempo en cuestiones del partido durante las horas de trabajo y las traducciones quedaban arrinconadas. Eso exasperaba a Quiroga y lo expresaba en la correspondencia que mantenía con su amigo Rafael Martínez Nadal, profesor en el King’s College de Londres y corresponsal de la BBC y The Observer. Le comentaba: “Semprún hace lo menos que puede”, “Semprún sigue haciendo el señorito” …
Hasta que un día sucedió lo inevitable. Como responsable de su sección, Quiroga fue llamado por Emile Delavenay, director del Servicio de Documentación y Publicaciones. Lo que aconteció lo relata la historiadora Chloé Maurel: “Delavenay, extrañándose del escaso rendimiento de la sección de traducción española, le pide explicaciones al jefe de esta sección, el republicano español Quiroga Plá, quien le explica que se debe a las llegadas tardías y a las ausencias no autorizadas de Semprún, que pasa las noches en los cafés literarios de Saint Germain des Prés. Delavenay despide a Semprún. En represalia, el desdichado Quiroga será eliminado del PC por haber permitido el despido de Semprún”.
Éste culpó a Quiroga ante Delavenay de que le hacía la vida imposible, y que así no se podía trabajar: “Me ha revuelto las tripas, de tanta necedad, de tanta ingratitud y mentira, empezando por la calumnia”. Quienes conocieron a los dos opinaban que “aparte de los problemas económicos y de salud que sufría, Quiroga tenía el tumor de Semprún”. Éste tan sólo le menciona en sus memorias diciendo: “Estaba José María Quiroga Plá, el escritor, que era yerno de Unamuno, y que se las arreglaba para defenderse contra los rigores calvinistas del famoso espíritu del partido con una mala leche salobre y corrosiva”. Jorge Semprún también será expulsado del PC en 1966 por su personalidad intrigante.
Quiroga, abatido, escribe una carta a Max Aub, exiliado en México, y se lamenta: “Una brega espantosa de trabajo y de hambre; estupidez y parasitismo. Quienes más me deben son los que peor me pagaron. Unos me han acusado de comunista; otros, de espía de Franco. Y yo, trabajando y luchando por el español y por el pan de los españoles que trabajan conmigo. Largo y enfadoso de contar… Aquí, sin amigos, sin esperanza de otra cosa que el trabajo estúpido, anónimo, no agradecido, aunque bien pagado, pero a costa de la salud y de la tranquilidad”.
3.- LOS ÚLTIMOS AÑOS
Quiroga Plá dejó a su hijo con siete años y temía no volver a verle. Escribía: “Cuanto más creces, hijo, más separa / —no sé si rencoroso o justiciero— / el azar nuestras vidas, y más quiero / adivinar los rasgos de tu cara”. Sólo se encontraría con dos veces. La primera, en 1950, en la frontera franco-navarra, acompañado por su hermana María Teresa. La segunda, en París durante las Navidades de 1952, cuando Miguel permaneció con él durante un mes. A pesar de la separación, las relaciones entre padre e hijo se fueron haciendo muy estrechas con abundante correspondencia y mutua confianza. En 1954, en una de sus cartas Quiroga le manifiesta: “Sé que el único amigo con quien puedo contar eres tú”.
Cuando comienza la Segunda Guerra Mundial y París es tomada por los alemanes, Quiroga se convierte en activista. Lleva mensajes de una parte a otra de la ciudad y debe huir repetidas veces a toda prisa por las estaciones del Metro. En medio del conflicto es como conoce a Suzanne Duval, de la Resistencia Francesa, la que sería su segunda esposa y mucho más, porque permaneció siempre junto a él durante ocho años como una enfermera hasta el momento en que murió. A su hijo le confiesa su pleno apoyo en Suzanne, cuando en 1947 le escribe: “Quisiera hablar en general de los que han sido buenos para mí, condición que, de haberme faltado, hubiera hecho imposible mi vida. Pienso en mis padres, en mi hermana y en la segunda vida de mi vida. La que empiezo en el destierro de París está llena, en lo que al corazón se refiere, de Suzanne”.
En sus últimos momentos, se encontraba seriamente afectado por la diabetes y ciego. Se negaba a hablar con españoles. Pero, el catedrático Manuel Alvar consiguió llegar a él en París mediante una contraseña que le había facilitado su maestro Manuel Ynduráin: “Estoy donde siempre estuve”, una frase emblemática de Blasco Ibáñez que escribió el 7 de diciembre de 1926 en el Heraldo de Madrid para reafirmar su republicanismo. Le visitó varias veces en su casa del número 7 de Rue Felix Ziem. Quiroga sólo veía sombras y tenía que decirle que se pusiera de perfil delante del balcón para captar su silueta, mientras le hablaba de Marcel Bataillon, de Rafael Alberti y de su hijo Miguel.
Encargó a Alvar que le entregara una pequeña cantidad de dinero en Salamanca, lo que hizo en la casa de Zamora Vicente, catedrático de Filología Románica en la Universidad salmantina. Le dedicó un libro a Alvar. Tuvo que poner un dedo sobre la hoja para que no se saliera de la línea, lo que no le impidió que los reglones le quedaran torcidos: “A mi joven amigo Manuel Alvar, con el cariño paternal de José María Quiroga Pla. París, julio 1953”. Y se despidió diciendo: “Dígale a Ynduráin que yo también estoy donde siempre estuve”.
Suzanne le llevó a la casa de una hermana suya en Ambilly, junto a la frontera suiza, para que guardara reposo mientras tramitaba el permiso de residencia en el país vecino, que consigue en 1954. Fallece pocos meses después en una clínica de Ginebra, lejos de los suyos. Dada la precariedad económica en que vivían, su esposa se vio en la necesidad de enviar sus libros a Dámaso Alonso, que había sido su amigo de juventud en Madrid, donde se conocieron estudiando la carrera de Derecho por imposición de sus padres, pero que ambos detestaban. Alonso le había visitado varias veces en la cárcel cuando estuvo arrestado en 1926, y durante la Guerra Civil, en el hospital en Valencia.
4.- LA OBRA POÉTICA DE QUIROGA PLA
En 1934, José María Quiroga Pla, ya viudo, le confiesa a su suegro Miguel de Unamuno en una carta que, siendo novio de su hija Salomé, le había asegurado que estaba dispuesto a no utilizar el nombre de su padre en beneficio propio y, que, “si alguna promesa había cumplido con empeño, era esa”.
El Rector le había hecho secretario suyo con el cometido de ordenar los títulos de sus obras, fechas, lugares de publicación y datos biográficos. Orgulloso de su trabajo, Quiroga le comenta que conseguirá “hacerle la santísima a los futuros eruditos y buscapapeles, dando un índice completo de las obras y de la vida de usted”.
Paradójicamente, Quiroga Plá nunca realizó consigo mismo esa labor de documentalista que consideraba tan necesaria para que la obra de un escritor constituya un corpus unitario. La ingente producción de este eminente poeta quedó desorganizada, dispersa y perdida, en parte debido a la irrupción de la guerra civil y a su precaria salud.
Quiroga Plá dejó escrito un último libro, titulado Valses de la Memoria, que no vio la luz porque no llegó a manos de su amigo Max Aub en México, que debería haberlo editado en colaboración del que fuera embajador en Buenos Aires, Joaquín Díez-Canedo, según afirmó el poeta José Herrera Petere, exiliado en Ginebra con Quiroga. Cinco meses después de la muerte de éste, Suzanne Duval escribió a su hijo Miguel comunicándole que el libro, que incluía todos los poemas inéditos, sería entregado a Max Aub en México por Gonzalo Semprún, hermano de Jorge Semprún, para que lo publicara, en consideración a que anteriormente él se había encargado de la edición de La Realidad Reflejada.
En 1970, Miguel Quiroga escribe a Max Aub interesándose por aquella obra de su padre, recibiendo de él la siguiente contestación: “El 29 de abril de 1955, José Herrera Petere me envió unas líneas anunciándome la llegada de Gonzalo Semprún, que me traía Valses de la Memoria, con el prólogo que había dictado José María poco antes de su muerte. Desgraciadamente, nunca apareció el hermano de Jorge Semprún, ni jamás me volvió a hablar de él Petere, ni siquiera el año pasado cuando estuve quince días en Ginebra”. Las gestiones de Miguel Quiroga para averiguar el paradero de aquel libro resultaron vanas. Lo que pasó con aquella obra en manos de los hermanos Semprún es un enigma.
Esencial ha sido la figura de Rafael Martínez Nadal, considerado el albacea de la obra de su amigo Federico García Lorca, para mantener el recuerdo de José María Quiroga Pla, a quienes conoció en la Residencia de Estudiantes de Madrid. Nadal era poseedor de un amplio epistolario relacionado con Quiroga y su familia. Realizó varias consultas en los archivos de la Casa Museo de Unamuno en Salamanca, tras lo cual, por deseo de su hijo, Miguel Quiroga Unamuno, hizo donación a este centro de todo ello estimando que era el lugar más apropiado para depositarlo, constituyendo así el Fondo Nadal. El prólogo de aquel último libro, dictado por un José María Quiroga Plá balbuceante en el lecho de muerte al salmantino Virgilio Garrote Fernández, ha llegado hasta nosotros gracias a su viuda, Suzanne Duval, y a su secretaria, Joaquina Arredondo, a través de un facsímil de Rafael Martínez Nadal, junto a un único poema.
5.- EL EPÍLOGO DE SU VIDA EN UN PRÓLOGO
Aparte de los cientos de artículos y poemas que escribió en la prensa, y que no recopiló, su obra poética aparece recogida en los volúmenes Morir al día (París, 1946) y La realidad reflejada (México, 1955). El tercer libro, Valses de la memoria, que dejó preparado antes de su muerte, permanece inédito. Este es el prólogo:
“Valses de la Memoria será, según todas las trazas, mi último libro, cuya aparición me temo que no veré. Es una de las maldiciones del destierro, en el que dos cosas me han roído continuamente el alma: volver a ver mi España y ser leído por los públicos españoles. Esta vuelta del corazón y del ansia hacia España, aparece ya en Morir al día, mi primer libro dedicado al destierro y escrito en el destierro, no en el exilio, nombre que me niego a aceptar. En Realidad Reflejada, creo que subsisten las mismas líneas esenciales, acaso con un poco más de esperanza, porque yo siempre he querido hacer una poesía de esperanza y, cuando recuerdo a veces Morir al día, siento remordimiento pensando que mis versos hayan podido llevar al ánimo de sus lectores un poso de amargura. En Valses de la Memoria domina, por un lado, el amor a mi mujer y, por otro, el amor a España. Esta cuerda no podía faltar en el arco.
Mi deseo sería que el libro fuese leído por los jóvenes de España, que son desde hace años mi preocupación principal. Si en 1934 decidí acabar mis estudios de letras, era exclusivamente con la esperanza de acercarme a la juventud española y formar a los jóvenes que se pusieran a tiro. En el destierro he recibido la visita de jóvenes españoles y he contraído amistad profunda con algunos de ellos. He leído libros, como el de Eugenio de Nora, España, pasión de vida, que me han confortado enormemente. La continuidad de España no ha desaparecido, y todavía podemos esperar un mañana luminoso después de tantos años de oprobio, A los jóvenes, pues, dirijo este libro. Ellos sabrán hacer mejor”.
Desde México, Max Aub escribe en sus Diarios: “Te moriste en Suiza, yo estoy aquí en América. No quería venir, tú tampoco. Queríamos estar cerca de España, lo más cerca posible. Y fíjate…”.
La biografía de José María Quiroga Pla es muy extensa, y su obra, esparcida por periódicos y revistas, resulta inabarcable. Se podrían escribir mucho de ella y aún quedaría incompleta. Es obligada la mención de Pascual Gálvez Ramírez, autor de referencia para estudiar su amplia obra, con títulos como José María Quiroga Plá: una fábrica de realidad ignorada y La poesía en el destierro de José María Quiroga Pla: los matices amargos de la esperanza. En las librerías no se encuentran los dos poemarios que Quiroga Pla publicó. «La combinación poesía, exilio y autor desconocido convence poco a las editoriales», afirma Gálvez.
Fernando Peón

José María Quiroga Pla (CMU)

Quiroga Pla con su suegro don Miguel y su hijo Miguelín (Unamuno no quiso que a su nieto le llamaran Miguelito, porque eso lo dejó para el general Primo de Rivera) (CMU)

El escritor Jorge Semprún (Foto Dominique Landman)

José María Quiroga Pla (CMU)

