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martes 6 octubre 2026
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Cuando Castilla y León era convivencia en la Edad Media

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Cuando Castilla y León era convivencia en la Edad Media

 

 

De La tierra escaldada. José Jiménez Lozano. Foto: Lupe de la Vallina

 

«… La catedral y el palacio, la iglesita de piedra o la abadía, y el puente de ojo apuntado: gótico, nos dicen claramente que esta tierra es Europa y a ella llegan el arte de la construcción de la Isla de Francia, la revolución agraria cisterciense, el municipio y la burguesía que pagaba de sus dineros, para gloria de Dios y recuerdo suyo, las cristaleras que incendiaban la luz de los templos, o las melancólicas figuras de alabastro de los sepulcros.

Pero aquí sucede algo más y algo diferente. Y lo que sucede es que una ventanita gótica puede dar al patio casero de un moro con su pozo y su higuera, sus tapiales enjalbegados y el azul zarco del zócalo, su geranio y su hierbabuena y, sobre el empedrado de guijarros, su esterilla de rezar. Y sucede que el balcón o corredor de un judío, en el que don Iaque y don Abrám cabeceaban, sabadeaban o meldaban, podía dar a la huerta de unas monjas.

Pero también que, con ocasión de bodas, bautizos o muertes, en estas nuestras aldeas, pueblos, o ciudades, otros hombres y mujeres de “las tres leyes”, que eran invitados a esas fiestas o acudían a consolar a su vecino, tenían que hacer yantares diferentes para los de ‘la otra ley’. Y la campana repicaba o doblaba para los unos, el muecín o almuédano rompía el aire con su grito llamando a la oración a los islámicos, y los hebreos enderaban en sus casas mientras tiraban el agua de los cántaros para significar que así así queda derramada la vida tras la cuchillada de la muerte, o iban por la noche a su sinagoga.

Y las Partidas del Rey Sabio, que era romanidad jurídica, quebraban aquí sus contundencias europeas y reconocía que mezquitas y sinagogas, lo mismo que las iglesias cristianas, eran casas de oración.

Mientras en las solanas unos y otros se contaban sus perplejidades religiosas sobre cual de ‘las tres leyes’ sería la mejor, hablan de amores o desgracias comunes a los hombres todos. Se intercambiaban recetas de cocina o se pasmaban y aterrorizaban de que fueran perseguidos hombre y mujeres por pensares y sentires de su ley allá dentro de su corazón, cuando llego el gran triunfo de la romanidad europea y la consiguiente quiebra del vivir hispánico.

Y andaban diciéndose su extrañeza ante presunciones y desprecios en esta tierra de hidalgos, porque ‘nadie es más que nadie, sino hace más’. Y ‘cada uno es cada uno’, tiene ‘su alma en su almario’, a menos de que carezca de sustancia de hombre y de ‘conversación’, que es como se llamó siempre entre nosotros al amor y a la oración…».

 

Fernando Peón

 

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