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viernes 27 marzo 2026
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¿Influyó Ortega y Gasset en la muerte de Miguel de Unamuno?

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¿Influyó Ortega y Gasset en la muerte de Miguel de Unamuno?

 

 

 

1936. MALOS TIEMPOS PARA LA FILOSOFÍA, CUANDO MARÍA ZAMBRANO QUISO HABLAR CON SU MAESTRO ORTEGA Y GASSET  ARMADA CON UNA PISTOLA EN EL CINTO

 

 

 

1.- La huida de José Ortega y Gasset

2.- El declive de Miguel de Unamuno

3.- A Ortega le llegan noticias de Unamuno

4.- El destino unió y separó a Unamuno y Ortega

5.- Un paréntesis en la rivalidad

6.- Últimos días de Miguel de Unamuno

7.- Los dos últimos visitantes

8.- La muerte de Miguel de Unamuno

9.- La mención a Ortega y Gasset

10.- Dr. Adolfo Núñez. Teniente del ejército y cirujano jefe

11.- La amistad del doctor Núñez con Unamuno

12.- ¿Represaliado el Dr. Núñez?

13.- La causa de la muerte de Miguel de Unamuno

14.- Cuando Unamuno murió estaba fuera de sí

15.- Ya era tarde para don Miguel

 

 

1.- LA HUÍDA DE JOSÉ ORTEGA Y GASSET

El 20 de junio de 1936 fracasa en Madrid el levantamiento militar. Grupos incontrolados comienzan a soliviantar a todos aquellos que alguna vez se hubieran manifestado en contra de la República. El filósofo José Ortega y Gasset estaba entre ellos, a pesar de haber sido considerado como uno de sus ideólogos. Sin embargo, más tarde, a la vista de la quema de iglesias y asesinatos de religiosos, recapacitó y dijo: “No es esto, no es esto”,

Ortega se hallaba en su domicilio, en la calle Serrano 61, aquejado de una inflamación de la vesícula y decide mudarse a la casa su suegro, Juan Spottorno, al número 47 de la misma calle. Esa noche, las llamadas “brigadas revolucionarias” asaltan su casa de El Viso y, al día siguiente, la de Serrano. En la capital se había desencadenado un ambiente de extrema violencia. Ante el peligro que Ortega y su familia estaban corriendo, admitió la oferta de Alberto Jiménez Fraud, director de la Residencia de Estudiantes, de alojarse en dicho centro, que contaba con inmunidad diplomática.

A pesar de dicho estatus, allí se presentó un grupo de milicianos armados para entrevistarse con el filósofo, uno de ellos era su discípula María Zambrano, armada con una pistola en el cinto. Pretendían que firmara un manifiesto redactado por José Bergamín a favor de la República. Ortega se hallaba en cama y salió a recibirles su hija Soledad, a la que transmitieron de qué se trataba. En una conversación muy tensa, Soledad les comunicó que su padre se negaba a firmarlo y a emitir ningún mensaje por radio, “aunque le maten”.

Lo anterior es conocido porque la propia Susana se lo contó al académico Andrés Trapiello. En 1940, cuando José Bergamín se encontraba en el exilio en México, simplemente afirmó que “la firma de Ortega había llegado por conducto de Zambrano”. Ese mismo año, María Zambrano, también exiliada en México, reprochó a Ortega su silencio y la falta de compromiso durante la guerra. Aquel manifiesto apareció publicado el 31 de julio de 1936 en el diario Ahora.

La actitud del filósofo era coherente. Veinte años antes del comienzo de la guerra lo razonaba en el artículo El genio de la guerra y la guerra alemana: “No sé si es en todo tiempo el buen callar la mejor ciencia. Pero, estoy seguro de que, en tiempo de guerra, cuando la pasión anega las muchedumbres, es un crimen de leso pensamiento que el pensador hable. Porque, de hablar, tiene que mentir”. En diciembre de 1937, Ortega reniega de aquel manifiesto “que los comunistas y afines le obligaron a firmar bajo las más graves amenazas”.

Zambrano formaba parte de la Asociación de escritores antifascistas y de la Alianza de intelectuales para la defensa de la Cultura que presidía Bergamín. Y ambos eran colaboradores de la revista El Mono Azul que dirigía el poeta Rafael Alberti y su compañera Rosa León. Desde sus páginas, en la significativa sección A Paseo, dirigieron diatribas amenazantes contra Miguel de Unamuno, que quedaba señalado.

La embajada de Francia prestó apoyo a Ortega y Gasset y su familia para salir de Madrid. El 30 de agosto parten en tren a Valencia. En el trayecto, Ortega se encuentra con Cipriano Rivas Cherif, cuñado de Azaña, que le costó trabajo reconocerle por la mella que la enfermedad había hecho en él. Embarcan en Alicante en un vapor que les llevará a Marsella, y de ahí, a La Tronche, un pueblo cercano a Grenoble.

En Madrid, antiguos amigos republicanos recriminaban a Ortega que huyera y relacionaban su silencio ante la guerra con sus estudios juveniles en Alemania. La ateneísta Margarita Nelken le consideraba un traidor y llegó a decir: “¿Acaso no hay especialistas en Madrid que traten su enfermedad?”. Mientras, Eduardo Ortega y Gasset, compañero de Unamuno en el exilio de París, se las veía y deseaba para justificar a su hermano diciendo a todos que volvería a Madrid en cuanto se recuperara.

 

2.- EL DECLIVE DE MIGUEL DE UNAMUNO

Decía el historiador Carlos Rojas que “la guerra terminó con los paseos de Unamuno por la carretera de Zamora y con el cortejo de estudiantes que seguían sus monólogos. Luego, después del golpe de julio del 36, vagaba ensombrerado y absorto por las calles de Salamanca, solo, como un espectro de otra época. Se le agudiza la hipertensión que padeció toda su vida, y envejece de manera manifiesta por encima de sus setenta y un años. Antes, eran famosas sus muchas horas de sueño. Ahora, padece reiterados insomnios y madruga antes de que amanezca sobre el Tormes y empiecen a brillar las piedras de la Plaza. Cuando el escritor holandés Johan Brouwer lo visite en septiembre, le citará aún cerrada la noche, a una hora inimaginable por lo temprano”.

No es acertada la creencia de que don Miguel permaneciera arrestado en su domicilio después del 12 de octubre por el incidente del paraninfo de la Universidad. Ya antes, no salía de casa. Se fue recluyendo voluntariamente porque en la calle no podía hablar con nadie. No en vano, se le tenía como la persona que hizo caer a la monarquía. Aunque, después del enfrentamiento con Millán Astray, estuviera vigilado por la policía. Así se lo explicaba al rector Esteban Madruga por carta el 23 de noviembre: “Y si no voy yo mismo a llevarlos (unos libros a la Universidad) es porque he decido no salir ya de casa, desde que me he percatado de que el pobrecito policía esclavo que me sigue, a respetable distancia, a todas partes es para que no me escape…”

Algunas veces salía acompañado por jóvenes falangistas amigos, intelectuales conocidos de años atrás en Madrid, como los escritores Víctor de Obregón, Eugenio Montes, Víctor de la Serna, hijo de la novelista Concha Espina, amiga de Unamuno, o el historiador Melchor Fernández Almagro, compañero del Ateneo de Madrid. Todos ellos eran partidarios del levantisco Manuel Hedilla, y no aceptaban el poder omnímodo que Franco se había atribuido.

El 12 de diciembre le confiesa a su amigo Quintín de la Torre de Bilbao cuál es la magnitud de su tragedia: “Cuando nos metimos unos cuantos, a combatir la dictadura primo-riberana y la monarquía, lo que trajo la República, no era lo que fue después la que soñábamos. No era del desdichado frente popular y la sumisión al más desatinado marxismo y al más necio pseudo-marxismo, aquellos imbéciles de radicales socialistas, pero la reacción que se prepara, la dictadura que se avecina, presiento que, pese a las buenas intenciones de algunos caudillos, va a ser algo tan malo, acaso peor”.

 

3.- A ORTEGA LE LLEGAN NOTICIAS DE UNAMUNO

Aquel mes de diciembre de 1936 en que Miguel de Unamuno murió, el escritor holandés Johan Brouwer tuvo un encuentro con Ortega y Gasset en París. Le cuenta los últimos avatares vividos en España. También le narra los momentos que pasó con Unamuno en septiembre, en su casa de Salamanca, abatido por lo que estaba sucediendo, que el mismo Brouwer pudo comprobar por el camino. En Torquemada vio muchos muertos, que acababan de ser fusilados por un grupo de falangistas. A su vez, Unamuno le relataba los mismos hechos en Salamanca: “Y estas muchachas, estas mujeres son peores que los hombres: estas vírgenes solteronas, estas fanáticas. Pasan la vida en celibato y ante el espectáculo de las ejecuciones sienten todo el placer que les fue negado”.

Brouwer conocía a Ortega y Gasset desde 1933. Había traducido su obra La rebelión de las masas. Ambos ganaron fama en Holanda, adonde Ortega fue varias veces acompañado por él. Pero, aquella amistad se deterioró con motivo de la guerra. Finalmente, Brouwer se inclinó por la República y reprochó a Ortega que no se hubiera implicado en los acontecimientos españoles.

Al igual que Unamuno, Ortega era colaborador de La Nación de Buenos Aires. El día 1 de enero de 1937 recibe en París una llamada telefónica de Martín Echagüe, corresponsal del diario argentino en París, que le anuncia la muerte del Rector. A los tres días, el filósofo escribe el artículo En la muerte de Unamuno, en el que dice que “ha muerto del mal de España”, sin mencionar el suceso del paraninfo de la Universidad, añadiendo: “La voz de Unamuno sonaba sin parar en los ámbitos de España desde hace un cuarto de siglo. Al cesar para siempre temo que padezca nuestro país una era de atroz silencio”.

Los reproches les resultaron inevitables. Dejaban vislumbrar la envidia que Unamuno y él siempre se profesaron mutuamente. Ortega señalaba: “Pertenecía a la generación de Bernard Shaw, de ahí sus arrebatos y sus gracias exhibicionistas. Ni Unamuno ni Shaw advirtieron nunca la delicia que es para el verdadero intelectual ocultarse e inexistir”. Fueron grandes filósofos, uno académico y el otro autodidacta, y dos personajes egocéntricos.

Madrid no era Salamanca. La capital era el machadiano “rompeolas de todas las Españas”. Allí se encontraban varias generaciones, la del 98, la del 14 y la del 27. Unamuno pretendía ser el primus inter pares y no siempre lo conseguía. En poesía, despuntaba Antonio Machado; en novela, Valle-Inclán y Pío Baroja; en artículos de prensa, Azorín; en teatro, Jacinto Benavente; en ensayo, Gregorio Marañón. Él quería ser todos ellos a la vez y, además, sumaba la política.

Pero chocó con la filosofía de Ortega y Gasset, que propugnaba el raciovitalismo, la razón vital, el hombre y el mundo que le rodea, “yo soy yo y mi circunstancia”, decía. Frente a él, Unamuno planteaba la vida como una tragedia, una agonía, el deseo de inmortalidad, postulados propios de una religión. Eso hizo que entre Unamuno y Ortega siempre saltaran chispas, aunque dentro del respeto.

 

4.- EL DESTINO UNIÓ Y SEPARÓ A UNAMUNO Y A ORTEGA

Ortega y Gasset no era uno más para Unamuno. Cuando se conocieron el Rector tenía 34 años y Ortega tan sólo 15. Había realizado un curso de Derecho y Filosofía en el Internado de Estudios Superiores de la Compañía de Jesús en Deusto. Tuvo tan buenos maestro, como el escritor Padre Coloma y el filólogo Luis Cejador. Para revalidar sus estudios acudió a la Universidad de Salamanca, donde Unamuno le examinó de la asignatura de Griego. Posteriormente pasó el expediente a la Universidad Central de Madrid. Allí se licenció y doctoró en Filosofía y Letras en 1904.

Anteriormente, el Rector ya era buen amigo de la familia. Colaboraba en el diario El Imparcial, que dirigía su padre José Ortega Munilla, fundado por su abuelo Eduardo Gasset en 1867. La correspondencia con Munilla fue muy fluida. Y después de que su hijo acabara los estudios en Madrid, siempre enviaba recuerdos para él. En 1905 se interesaba en saber si ya se había ido a Alemania y apostillaba que le escribiría porque le debía carta, lo que significa que antes de ese año José Ortega y Gasset ya se escribía con Unamuno. Más tarde, el joven filósofo dirigió Los Lunes del Imparcial, que acogió a los escritores de la Generación del 98, Azorín. Baroja, Maeztu… y Unamuno, que así continuaba con la antigua buena relación con los Ortega.

Pero, poco a poco fue creciendo una rivalidad solapada entre aquellos dos fuertes caracteres, que se manifiesta con ocasión de la celebración del tercer centenario del Quijote. El diario El Imparcial publica por fascículos La ruta de don Quijote de Azorín y La Vida don Quijote y Sancho de Unamuno. Y empieza la primera puya de Ortega a Unamuno: “Quiere hacer creer que se funda en una religión, así, sin más, haciendo media docena de cabriolas y pegando cuatro gritos”.

En 1928 Ortega veraneaba con su familia en Zumaya y fue a Hendaya para ver a su hermano Eduardo y a don Miguel, ambos exiliados. En el Hotel Broca, donde Unamuno residía, coincidieron con la viuda de Blasco Ibáñez, Elena Ortúzar, que al oír los sermones laicos de Unamuno, le dijo: “Lo que usted tiene que hacer es irse a los Estados Unidos y fundar una secta religiosa, que se hará millonario”.

En 1906, Ortega ya reconoció que en España sólo había dos cabezas pensantes, Unamuno y él, puede que también Maeztu, y se queja de la idolatría de los genios que padecían Unamuno y Maeztu. La relación entre ambos filósofos siempre estuvo marcada por una profunda rivalidad intelectual y personal, a menudo descrita como hostilidad. Se ha señalado que Ortega pudo sentir celos del éxito y de la proyección de Unamuno más allá de nuestras fronteras, que se reflejaban en desplantes públicos, como el de abandonar la tertulia de la redacción de la Revista de Occidente cuando Unamuno llegaba.

 

5.- UN PARÉNTESIS EN LA RIVALIDAD

El 20 de agosto de 1914, el ministro Rafael Bergamin destituye a Unamuno del cargo de Rector. El 2 de septiembre, Ortega ofrece a Unamuno “su pluma y su mal genio” contra “el escopetazo de Bergamín”, dice en la colaboración del diario afín El País, y despliega una serie de actos públicos. Uno de ellos fue la conferencia en El Sitio de Bilbao, en la que advierte que “Unamuno encarna en España ese proceso destructor de los mejores”, y que es un ejemplo óptimo “de la España oficial frente a la España vital”.

El 1 de noviembre interviene con el Rector en el Café Suizo de Salamanca, frente al Casino, con “un saludo a los obreros” y explica su acercamiento hacia el Rector destituido: “Personalmente no me une con el señor Unamuno más que polémicas agrias, y a veces violentas, pero hay almacenado demasiado asco hacia la España oficial, hacia la vieja política”.

En 1924, Unamuno es desterrado a Fuerteventura. Aquel confinamiento en la isla canaria duró cuatro meses hasta que el gobierno le concedió el indulto. Pero él alargó la situación por más de cinco años en Francia en calidad de exiliado. Cuando Unamuno regresa el 9 de febrero de 1930 acompañado por Indalecio Prieto, en la estación de Madrid le estaban esperando Marañón, Pérez de Ayala, Jiménez de Asúa… pero no Ortega y Gasset.

 

6.- ÚLTIMOS DÍAS DE MIGUEL DE UNAMUNO

Los últimos momentos de la vida de Unamuno fueron dramáticos. Tenía noticia de que sus amigos de Salamanca estaban siendo fusilados. Otros muchos, como el dramaturgo Pedro Muñoz Seca y el académico Ramiro de Maeztu fueron asesinados en Madrid por los republicanos, lo que le hubiera pasado también a él, porque el poeta Rafael Alberti ya le había puesto en el punto de mira en su revista El Mono Azul, en la que, por gajes del oficio, también colaboraba el propio yerno de Unamuno, José María Quiroga Pla. Eran “los hunos y los otros”.

Pero, había un tercer grupo, el de los que huyeron de España en el primer instante, en el mismo año 1936, a los que calificaba de traidores a sus ideales republicanos. ¿Qué fue de los padres de la República, Ramón Pérez de Ayala, Gregorio Marañón y, sobre todo, de José Ortega y Gasset? Ellos presentaron el manifiesto fundacional de la Agrupación al Servicio de la Republica el día 11 de febrero de 1931, en el Teatro Juan Bravo de Segovia, con la colaboración de Antonio Machado.

Los tres tenían información de que el levantamiento militar era inminente, porque si por algo se han caracterizado los golpes de estado en la Historia de España es que, con anterioridad al día señalado, sus promotores hacían reuniones preparatorias sin ningún recato. Los diputados hablaban de ello a las claras en el Congreso en la creencia de que una vez más sería reducido.

Ramón Pérez de Ayala cesó en su cargo de embajador de España en Londres en junio de 1936, cuando presintió el desastre que se avecinaba. Estuvo algunos días en Madrid para preparar su partida a París, que tuvo lugar el 4 de septiembre. Al año siguiente, ofreció sus servicios a Franco, que le nombró agregado de la embajada española en Buenos Aires, tras haber solicitado el puesto alegando dificultades económicas.

Gregorio Marañón y su familia huyeron a Lisboa un día antes del golpe y llegaron a París el 19 de diciembre de 1936, en una expedición en la que también iba Ramón Menéndez Pidal y su familia. La transformación ideológica del doctor fue cuestión de días. Recién instalado, no tardó en confesar públicamente el “error” de su apoyo a la República: “He sido engañado. Me he equivocado”, declaró a Le Petit Parisien. Antes de que transcurrieran tres meses hizo una gira por Chile, Argentina, Brasil y Uruguay dando conferencias sobre cuestiones de medicina, sin ninguna alusión a la política ni a la guerra que desangraba España. En 44 días dio 45 conferencias. En 1944, regresó a Madrid para continuar con sus labores anteriores.

Si alguna deserción afectó especialmente a Unamuno fue la de su adversario Ortega y Gasset. Éste había sido compañero en la lucha contra la Monarquía con su lapidaria frase Delenda est Monarchia, y el principal corrector de la República en su artículo Un Aldabonazo, publicado en la revista Crisol: “La República es una cosa, el radicalismo es otra, si no, al tiempo”. Mientras estuvo exiliado en Francia se abstuvo de hablar de política, y menos de la Guerra Civil. En 1945 pudo regresar a Madrid, donde fundó el Instituto de Humanidades con su discípulo Julián Marías y siguió impartiendo sus habituales clases.

Unamuno siempre vivió en conflicto. Ahora afloraba el último con Ortega. Al mismo tiempo que le consideraba desleal, le comprendía y se compadecía de sí mismo. En otra misiva a Quintín de la Torre, se sinceraba: “Todos los nobles y buenos y patriotas españoles, que sin haber tenido nada que ver con el Frente Popular, están emigrados, no volverán a España. No volverán. No podrán volver como no sea para vivir aquí desterrados y envilecidos”. Y lo hacía extensivo a todos los cargos políticos conservadores de la República: “Ésta es una campaña contra el liberalismo, no contra el bolchevismo. Todo el que fue ministro en la República, por de derechas que sea, está proscrito. Hasta a Gil-Robles, ¡figúrese, a Gil-Robles!, le tienen desterrado. Unos días que pasó aquí, en su pueblo, hace poco, tuvo que estar recluido en casa de un amigo. Como yo estoy recluido en la mía”.

Ciertamente, José María Gil-Robles, presidente de la CEDA, confederación que aglutinaba a los partidos conservadores y eclesiásticos, exiliado en Lisboa, fue visto por los falangistas en Salamanca y quisieron agredirle y detenerlo, debiendo huir a Portugal con rapidez. Le hacían culpable de la guerra, por no haber aprovechado la ocasión que le brindó el aplastamiento de la Revolución de Asturias en 1934 para haber cambiado el rumbo de la República cuando era ministro de la Guerra.

 

7.- LOS DOS ÚLTIMOS VISITANTES

El penúltimo que vio en vida a Unamuno fue el académico Francisco Ynduráin Hernández, el 30 de diciembre: “Veinticuatro horas antes de su muerte, dedicándole casi toda la tarde hasta que hube de tomar el tren, ya movilizada mi quinta”. Unamuno le dijo con rotundidad: “Estoy más fuerte que nunca, y en cuanto entren en Madrid (se tenía por inminente la entrada) voy a ir por las calles gritando mi verdad”. Parecía como un profeta bíblico. Pasó luego a explicarme un par de artículos que preparaba para un periodista holandés (Johan Brouwser) y para los franceses, hermanos Tharaud (Jean y Jérôme).”

El último fue Bartolomé Aragón Gómez, el 31 de diciembre de 1936. Su presencia en Salamanca desde septiembre de 1935 se debía a que había sido nombrado catedrático de Legislación Mercantil Comparada en la recién creada Escuela de Comercio, tomando posesión el 20 de septiembre. En el mes de diciembre fue designado profesor auxiliar de la cátedra de Economía Política de la Facultad de Derecho de la Universidad por excedencia de su titular, lo que Unamuno avaló con su firma. En ese curso estalló la guerra mientras se encontraba de vacaciones en Huelva, alistándose como voluntario en el ejército. No pudo permanecer allí por haberse publicado en el Boletín Oficial una Orden que conminaba a todos los profesores universitarios a reincorporarse a sus puestos docentes el 15 de septiembre. No obstante, no pudo regresar a Salamanca hasta el 21 de noviembre. En esta ciudad permaneció hasta finales de 1937 dando clase, y realizando otras actividades que le encargaron con carácter urgente como vocal de la depuración del profesorado que presidia el gobernador civil.

Aragón se había licenciado en Derecho en la Universidad Central de Madrid y completó sus estudios con una beca en la Universidad de Pisa que le consiguió Joaquín Garrigues Cañabate, catedrático de Derecho Mercantil. En Italia se hizo un teórico del Estado Corporativo de Mussolini. Escribió la obra Síntesis de Economía Corporativa mediante la que criticaba el liberalismo económico.

Respecto de la visita de Aragón a Unamuno, la biógrafa Margaret Rudd se cuestionaba: “¿Qué urgente misión le trajo, un soldado en el frente, de vuelta a Salamanca esta Nochevieja?”. Una pregunta que denota falta de rigor en el método historiográfico, porque lleva implícita la respuesta, “un soldado que tiene una urgente misión que cumplir”, que no hubiera sido admitida por ningún tribunal porque los jueces la hubieran considerado “capciosa”. La contestación se la proporciona Esteban Madruga, en aquel momento rector de la Universidad de Salamanca, en el diario El Adelanto, en su edición de 29 de setiembre de 1964: “Trabajamos juntos y unidos en pro de la Universidad (Unamuno y Madruga) como verdaderos amigos y compañeros, y nuestra amistad no tuvo eclipse, ni fricción alguna, hasta su muerte, a la que no estuve presente por verdadera casualidad, ya que había estado tomando café conmigo el único testigo presencial, don Bartolomé Aragón, y quería que le acompañase para enseñar a don Miguel el folleto que iba a publicar sobre corporativismo, y como en aquel momento tenía que asistir al entierro de la madre del magistral, doctor Albarrán, le dejé en la puerta de la casa de don Miguel y cuando volví había ocurrido el fallecimiento”. Madruga no podía evitar ir a dicho entierro porque el canónigo magistral Aniceto de Castro Albarrán era un asesor espiritual de Franco, de carácter ultramontano, al que había que saludar con el brazo en alto.

 

8.- LA MUERTE DE MIGUEL DE UNAMUNO

Bartolomé Aragón había telefoneado a Rafael, hijo de Unamuno para concertar una visita con su padre en la calle Bordadores, a la que acudió esa tarde de 31 de diciembre de 1936 a las cuatro de la tarde. Aurelia, la sirvienta, le abre la puerta, le lleva a una habitación y adereza el brasero de cisco. Al momento llega Unamuno, que le recibe diciendo: “Hoy me siento mejor que nunca”. Era la frase que sistemáticamente repetía  a todo el que el visitaba. (Es de suponer que le saludaran preguntando ¿qué tal está don Miguel?, que es lo que suele decirse a las persona mayores, porque se les presupone que tienen algún achaque, no así a los jóvenes, y Unamuno ya había superado los 72 años. La matización es intencionadamente relevante).

No era la primera vez que Aragón estaba en su casa, porque Unamuno le recuerda que la vez anterior fue vestido con la camisa azul falangista que tanto molestaba al Rector, aunque dejara ver en el ojal de la chaqueta una insignia con el yugo y las flechas. En esta ocasión iba para presentarle el borrador del libro que iba a publicar el mes siguiente en la librería La Facultad de Salamanca. Pero, Unamuno rechazó hojearlo y se irritó cuando le mencionó a Mussolini. Le pidió que no le interrumpiera porque quería decirle cosas muy duras, y comenzó un largo monólogo, más bien un soliloquio. Parecía que sólo él estaba en la habitación, prodigando una multitud de temas amargos e inconexos en un tono muy irascible.

Aragón trató de sosegarlo y, en un torpe intento de cortar su convulso alegato, le enseña el último número de la revista falangista La Provincia Española publicada en Huelva, a lo que Unamuno le espeta: “¡No quiero ni verlo! ¡No quiero ver esas revistas de ustedes! ¿Cómo se puede ir contra la inteligencia?”. Y siguió vociferando desmesuradamente. Después de ese momento de cólera, cae abatido. Aurelia, la sirvienta, al oír las voces acudió tras la puerta cerrada para ver qué pasaba.

Tras comprobar que habían cesado, volvió a la cocina en la creencia de que el enfurecimiento de Unamuno era el habitual en aquellos angustiosos días. Hay un momento de silencio. Vuelve a encolerizarse y, dando un puñetazo sobre la mesa, exclama: “¡Dios no puede volverle la espalda a España!”. De nuevo, otro instante de silencio y deja caer la cabeza sobre el pecho. Unamuno había muerto.

 

9.- LA MENCIÓN A ORTEGA Y GASSET

El historiador José Rojas Vila, profesor de Literatura Española en la Universidad de Emory de Atlanta, autor de ¡Muera la inteligencia! ¡Viva muerte!, obra publicada en 1995 por la Editorial Planeta, trae a colación en este punto la biografía de Unamuno titulada The Lone Heretic, cuya autora era la norteamericana Margaret Rudd, profesora de Español y Francés en la Universidad de Richmond de California.

Rudd estuvo en España en 1959 recogiendo testimonios orales para escribir esa biografía, que publicó en 1963 en la University of Texas Press, al año siguiente de jubilarse. Puso mucho interés en contactar con Bartolomé Aragón por ser la última persona que vio vivo al Rector. El encuentro tuvo lugar en Madrid, en su domicilio de la calle Zorrilla 19. Rojas Vila destaca del relato de la norteamericana que Aragón le manifestó que Unamuno, en algún momento de su ancho monólogo, dio en citar a Ortega y Gasset, prorrumpiendo en gritos de cólera y que esas airadas menciones se produjeron en el último cuarto de hora antes de morir.

Rojas subraya la rivalidad desatada que siempre hubo entre los dos pensadores. Recuerda el encuentro en el Café Novelty de Salamanca en 1914. El año anterior Ortega había creado una agrupación de intelectuales denominada Liga de Educación Política Española. Tenía a los intelectuales, pero quería contar con Unamuno como el de más renombre. Ortega le expuso que “ante la inacción de los políticos para reformar el liberalismo, se hacía necesario crear el partido de la cultura y echarnos nosotros, los ideólogos, a la calle” y pasó a leerle los estatutos. Unamuno, rodeado de su corte de tertulianos, le escuchó en silencio atentamente. Cuando Ortega terminó, Unamuno le dijo: “De modo que usted será el padre del partido y a mí me corresponde el papel del espíritu. Pues no. Sepa que yo soy el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo de mi propio partido, y si alguien se alista en él, me doy de baja”. Era el desencuentro de dos irredentos ególatras.

En sus últimos momentos de vida, Unamuno juzgaba que su adversario había sido desleal, no menos que los demás. El que más le disputó el republicanismo y el primero en huir. La República les había dado la espalda a los dos por igual, posiblemente, porque pensaban más que la media de la población. En la elección en las Cortes para presidente de la República, celebrada el 10 de diciembre de 1931, el resultado de los votos fue el siguiente: Niceto Alcalá Zamora, 362; Pi y Arsuaga, 10; Julián Besteiro, 2; y Unamuno y Ortega y Gasset, 1 voto cada uno.

Unamuno era de un espíritu intelectual agresivo. Sufría una continua zozobra y angustia ante los problemas políticos e intelectuales, que le llevaron a una crisis casi permanente, que ahora se agudizaba. Todos le rechazaban. Republicanos y sublevados le desposeyeron de los títulos y cargos con que antes le habían honrado. En el ambiente familiar la situación también era muy complicada. Habían muerto su esposa, doña Concha, su hermana María y su hija Salomé. Y no sabía nada de sus hijos José y Ramón que se hallaban en el frente en las filas del ejército republicano, ni de su yerno José María Quiroga, sin poder regresar de Madrid. Cinco años después, Unamuno se sentía solo, absolutamente solo, y recluido en su casa sin saber hasta cuándo ¿Pudo constituir aquella fijación obsesiva en Ortega y Gasset la gota final que le causaría el letal desenlace? ¿Estuvo Ortega en la mente de Unamuno en los últimos momentos de su vida?

 

10.- DR. ADOLFO NÚÑEZ. TENIENTE DEL EJÉRCITO Y CIRUJANO JEFE

El facultativo que certificó la muerte de Unamuno fue el doctor Adolfo Núñez Rodríguez, el médico de la familia, el mismo que dos años antes hizo lo propio en la defunción de su esposa doña Concha. No pudieron avisar a su amigo Filiberto Villalobos, que prácticamente vivía muy cerca, porque se encontraba encarcelado en la prisión provincial por el mero hecho de haber sido ministro de Instrucción Pública en la República, a pesar de ser una persona muy querida por la población. Tampoco pudieron contar con otro amigo, Agustín del Cañizo, quien al comienzo de la guerra estaba en Segovia y quedó adscrito al Hospital de la Misericordia. Menos aún con el ex alcalde Cándido Prieto Carrasco, considerado un activista revolucionario por apoyar la huelga general de 1934, que fue asesinado en La Orbada cuando creía que era trasladado a Valladolid para ser objeto de un juicio sumarísimo.

El doctor Núñez ya era amigo de Unamuno desde hacía muchos años, antes de que el general Primo de Rivera le desterrara a Fuerteventura. Le había auscultado y tomado el pulso muchas veces. Al igual que los mencionados anteriormente, dominaba la historia clínica y el diagnóstico certero, como era lo usual en la medicina de la época. El Rector también tenía dos hijos médicos, Pablo y Rafael, que llegaron poco después del óbito, pero apenas podrían haber hecho por él, porque uno era dentista y el otro oculista.

Los investigadores de la muerte de Unamuno han hecho recaer sobre la persona del doctor Núñez toda clase de sospechas para desvirtuar la veracidad de la certificación de defunción que expidió, lo que implica una velada acusación de un delito de falsedad en un documento oficial. Una de las alegaciones que formulan es que el médico era un republicano represaliado por los militares y que pudiera haber sentido temor por él y por su familia, incurriendo en una simplificación fuera de contexto.

Lo cierto es que Adolfo Núñez era médico militar con la graduación de teniente y cirujano jefe, teniendo a sus órdenes a otros siete médicos: Domingo Ledesma, Diego Madruga, José Serviá, Agustín Camisón, Juan Montero, Luis Sánchez Velasco y al prestigioso doctor Casimiro Población, así como el practicante Ricardo Álvarez Santos y seis estudiantes de medicina. Su ámbito de actuación era el Hospital de la Santísima Trinidad, la Casa de Socorro y el Sanatorio del doctor Población. Recibió el nombramiento de la Comandancia Militar de Salamanca para ambos cargos el 28 de julio de 1936, diez días después del golpe.

Por otra parte, tuvo un hijo también médico, Adolfo Núñez Puertas, que alcanzó las más altas cotas de la Medicina española. Precisamente, el 16 de septiembre de 1936, dos meses después de comenzar la guerra, regresó de Alemania, de la Alemania de Hitler, donde había ampliado estudios en el hospital Sankt Joseph-Stif de Bremen, con el famoso cirujano Heinrich Gross, quien tras las II Guerra Mundial se libró de ser juzgado en el proceso de Núremberg de 1945 por haber sido capturado por el ejército soviético.

 

11.- LA AMISTAD DEL DOCTOR NÚÑEZ CON MIGUEL DE UNAMUNO

Adolfo Núñez y Unamuno mantenían una amistad que había nacido muchos años atrás. Núñez era profesor en la Facultad de Medicina y compañero de tertulia del Rector en el Casino de Salamanca, del que era bibliotecario. Se veían casi a diario, y si transcurridos varios días faltaba a la cita preguntaba por él o se acercaba a su casa. Cuando en 1924 Unamuno fue desterrado a la isla de Fuerteventura por el general Primo de Rivera, le acompañó en tren junto con el resto de sus amigos médicos: Casto Prieto Carrasco, Filiberto Villalobos, Agustín del Cañizo y Antonio Trías.

Núñez y Unamuno fueron concejales en el primer Ayuntamiento republicano de Salamanca, el 14 de abril de 1931, por la candidatura de la Convención Republicano-Socialista. Por su parte, Unamuno fue nombrado alcalde honorario perpetuo a propuesta del alcalde Primitivo Santa Cecilia.

En agosto de aquel año, el doctor Núñez fue nombrado delegado de la Agrupación al Servicio de la República creada el año anterior por Ortega y Gasset. Y, en noviembre, presidente provincial del partido Acción Republicana de Manuel Azaña, cuya sede estaba en la calle Crespo Rascón.

En 1933, Núñez acumulaba varias actividades. A los cargos de profesor, concejal y los relacionados con la política, añadió el de médico de la Beneficencia del Ayuntamiento, con lo que se granjeó duras críticas de las Juventudes Socialistas en la prensa. En 1934, volvió a ser elegido concejal, pero pronto dimitió. No era partidario del rumbo que iba tomando la República, sobre todo, a partir de la huelga general, que tuvo una especial gravedad en Asturias, donde hubo un número de bajas cercano a los 1.500 muertos, convocada por las fuerzas izquierdistas cuando el jefe del Gobierno, Alejandro Lerroux, introdujo en el ejecutivo a tres ministros de la CEDA de Gil-Robles, la derecha conservadora y ultracatólica. Por este motivo, dejó los cargos políticos y municipales y se dedicó en exclusiva a la medicina.

Al año siguiente, construyó el edificio de estilo racionalista que hace esquina en la plaza del Liceo para vivienda y el consultorio médico Policlínica Médico Quirúrgica. En esa casa hoy hay una farmacia, que antes perteneció a don Quirino Rodríguez Paradinas, que regentaba una de las farmacias existentes en la Plaza Mayor cuando Unamuno murió. Comenzó a pasar consulta privada en ella, compatibilizándolo con las clases en la Facultad de Medicina como profesor de Cirugía, anunciando en la prensa local que pasaba consulta diaria en su clínica: Dr. Adolfo Núñez. Cirugía General.

 

12.- ¿REPRESALIADO EL DR. NÚÑEZ?

Cuando comenzó la Guerra Civil, las nuevas autoridades militares abrieron expediente a todos los que hubieran tenido cargos políticos en la República que, en cualquier caso, no se cerraron hasta después de finalizada de contienda. Muchos de ellos resultaron encarcelados o ejecutados. Los servicios públicos fueron militarizados, uno de ellos fue el de la sanidad, imprescindible por la gran cantidad de heridos que estaban llegando del frente.

Dos de los médicos amigos de Unamuno tuvieron una fortuna dispar. Casto Prieto Carrasco fue asesinado de inmediato por considerar que había apoyado la agitada situación que vivió la provincia durante la huelga general de 1934. Ya en aquel año, el gobernador, Ramón Friera Jacobi, de acuerdo con la patronal salmantina, cesó a Prieto Carrasco en su cargo de alcalde. Aquella destitución ocurrió poco después de que Unamuno fuera homenajeado en Salamanca cuando cumplió setenta años, contando con la presencia del presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, y del ministro de Instrucción Pública, el médico Filiberto Villalobos, que en 1936 no fue condenado a la pena capital porque era una persona caritativa y muy querida en Salamanca.

Diferente criterio se adoptó para el doctor Adolfo Núñez por su postura en el mencionado momento de 1934. Ya había cesado como concejal el año anterior y de todos sus cargos políticos por no compartir los postulados revolucionarios de la República y por las críticas que recibía de las Juventudes Socialistas. Se ha dicho que fue represaliado por Franco. Todo lo contrario, fue nombrado teniente del ejército al comienzo de la guerra.

La represaliada fue toda la población salmantina mediante aportaciones económicas más coactivas que voluntarias, amenazas, multas e incautaciones. La causa era evidente. Los sublevados habían quedado apartados del aparato del Estado y no podían recibir medios de subsistencia, ni para mantener al ejército ni para comprar armamento. Por ello, en el mes de agosto crearon la llamada Suscripción Nacional, un método confiscatorio para recaudar toda clase de recursos, dinero, oro, joyas y productos en especie, bajo el temor de la represión. Como muestra, el 9 de agosto, Adolfo Núñez ingresó 3.000 pesetas en el Banco Coca, 5.000 Miguel de Unamuno y la misma cantidad la señora Inés Luna Terrero.

La Cámara de Comercio e Industria recibió la orden de que tomara medidas drásticas para que sus asociados hicieran esfuerzos adicionales. En la prensa se publicaban eslóganes: “Deber de la retaguardia: Sé generoso de tus bienes y piensa que lo que des es para tu defensa”. La recaudación se canalizaba a través del Gobierno Civil, Banco Coca, Banco Hispano Americano, Banca de don Matias Blanco Cobaleda, Caja de Ahorros y Monte de piedad de Salamanca, Banco Español de Crédito, Banco del Oeste, Banco de Bilbao, Banco Mercantil y Banco Hispano Americano, además de Hacienda, la Diputación Provincial, los Ayuntamientos, el Casino de Salamanca y La Gaceta Regional. Las autoridades se encontraron con un escollo: no se podía conocer el grado de riqueza de cada persona porque le confección de los padrones de rústica y urbana estaba en manos de los Ayuntamientos. Por ello, les exigieron que en el plazo de un mes los listados fueran enviados actualizados al Gobierno Civil, bajo severas multas a los alcaldes y funcionarios encargados si se producía algún retraso.

Todavía la cantidad recaudada resultaba exigua para las necesidades y los sublevados comenzaron a imponer multas a la población por los motivos más peregrinos: caseros que cobraban rentas altas, subida del precio de productos, no guardar la compostura en el paseo, haber sido afiliados a los partidos de Calvo Sotelo y Gil-Robles, que eran la derecha conservadora y ultracatólica, cualquier cosa y, además los nombres se publicaban en la prensa. Así hasta llegar a los republicanos liberales que tenía expediente abierto.

Entre estos últimos se encontraban varios a quienes impusieron una multa sin procedimiento ni causa alguna, pues en la prensa aparecieron sólo con el nombre y la cantidad: Adolfo Núñez, 75.000 pesetas; Casimiro Población, 150.000 y Luis Clavijo Cano 200.000, son un ejemplo, en proporción a los bienes que cada uno poseía. En la misma disposición citada también se impone 100 pesetas de multa a José Llevot Roca, pero de éste explicaban la supuesta infracción: tener la luz encendida después de las 10 de la noche. Algunos investigadores han visto una represalia en esta multa impuesta al doctor Adolfo Núñez. Pero no es así. Independientemente de que pusieran alguna nota en su expediente político personal a modo de justificación, lo cierto es que el 9 de julio de 1938 fue repuesto en su antiguo cargo de médico de la Beneficencia Municipal. Resultaría insólito que, en plena guerra, un represaliado ostente tres cargos franquistas, además de permitirle pasar consulta privada en la Plaza del Liceo sin ninguna cortapisa.

 

13.- LA CAUSA DE LA MUERTE DE MIGUEL DE UNAMUNO

De una personalidad tan polémica como Miguel de Unamuno sólo se podía esperar que su muerte también lo fuera. El Rector se salió con la suya en su afán de inmortalidad. De algo tan sencillo como morirse se han extraído toda clase de teorías, incluso, noveladas, por producirse en un tiempo convulso de la historia de España.

La causa del fallecimiento tiene un orden cronológico que todos invierten: hipertensión → arteriosclerosis → hemorragia bulbar. Se trata de un proceso simple y natural: una tensión excesivamente alta en la sangre y el endurecimiento generalizado de las venas. Estas enfermedades son crónicas, lo cual no equivale a eternas. Irremediablemente, conducen al final de la vida en un plazo inexorable, en algún momento de debilidad del organismo.

Unamuno estaba sometido a un fuerte estrés por los motivos ya conocidas. En medio de una situación de extrema de ira y enojo en el último monólogo de su vida, su circuito arterial se rompió, en este caso por el bulbo raquídeo, por el cerebro, produciéndole una hemorragia irreversible que acabó con su vida en instantes, porque corta la respiración y el ritmo cardíaco. Es una causa puramente física: cuando el corazón bombea la sangre ejerciendo una fuerza desmedida en las paredes de las arterias, y esa fuerza va aumentando más y más, llega un momento en que la red arterial quiebra y origina el accidente cerebrovascular.

Eso fue lo que certificó el doctor Adolfo Núñez, quien ya conocía la hipertensión crónica que el Rector padecía. No en vano, fue él quien, viendo su estado de exasperación, llamó a su hijo Rafael para que le sacara del Casino, cuando el 12 de octubre, después de los sucesos del paraninfo, en vez de quedarse en su casa, imprudentemente se presentó allí, donde fue recibido con toda clase de graves insultos. Núñez anotó como causa fundamental o mediata de su muerte la hipertensión y la arteriosclerosis y, como causa inmediata o circunstancial, la hemorragia bulbar.

La causa fundamental reseñada, la hipertensión, es el origen lejano en el tiempo que explica la muerte. Es la más importante. La otra, la hemorragia bulbar es la producida por esa hipertensión arterial descontrolada, que debilita las pequeñas arterias del tronco cerebral, provocando los microneurismas que se rompen. El diagnóstico saltaba a la vista, y lo corroboró el académico Francisco Ynduraín en su obra Sobre Unamuno: precisiones y recuerdos, publicada en 1987, cuando el día antes de morir Unamuno fue a visitarle a su casa y, al contemplarle, dijo: “Me sorprendió una cierta agitación por encima de la que le tenía en vilo aquellos días”.

 

14.- CUANDO UNAMUNO MURIÓ ESTABA FUERA DE SÍ

El periodista Luis Calvo Andaluz conocía a Miguel de Unamuno desde muy joven. Le había visitado en Hendaya y tuvo ocasión de verle cuando el Rector fue nombrado Doctor Hororis Causa por la Universidad de Oxford en los primeros meses de 1936. Luis Calvo era el agregado de prensa en la embajada española en Londres y ejercía de corresponsal para The Observer, La Nación de Buenos Aires y el ABC de Madrid. Restableció la amistad entre Pérez de Ayala, entonces embajador en Reino Unido, y Unamuno, pues a éste le hicieron creer malévolamente que Ayala le disputaba el Premio Nobel de aquel año. Calvo le convenció de que se trataba de un rumor infundado y las aguas volvieron a su cauce.

El gran escritor Manuel Vicent comenzó a colaborar en El País en 1981. El 17 de julio publicó una extensa entrevista a Luis Calvo, bajo el título Maldades, ternuras y otros duendes de Luis Calvo, que casi se convierte en una autobiografía, recordando momentos puntuales de su vida. Sobre Miguel de Unamuno, manifiesta que le visitó en su casa de la calle Bordadores en 1936, pocos días antes de su muerte:

“La última vez que vi a don Miguel fue ya en Salamanca, poco después de empezar la guerra civil, cuando ya tenía un guardia en la puerta de su casa que no dejaba entrar a nadie. Pero una noche lo conseguí. Y allí me encontré a Unamuno dando puñetazos en la mesa camilla completamente fuera de sí, soltando animaladas contra los falangistas que le tenían secuestrado. Se pasó el rato gritando que cualquier día se iba a ir a pie hasta Portugal por una carretera de segunda y desde allí embarcaría hacia América para decir a todo el mundo que los nacionales eran aún peores que los otros. A los pocos días de mi visita me enteré de su muerte. Estaba sentado a la misma mesa camilla y la visita que lo acompañaba creía que se había dormido, pero una babucha de don Miguel comenzó a arder con el fuego del brasero. Y el acompañante se dio cuenta de que había muerto. Yo ya estaba en Londres, donde era corresponsal del Observer”.

Luis Calvo da una percepción escalofriante del estado anímico de Unamuno: gritos y puñetazos. Es muy similar a las versiones que Bartolomé Aragón dio a la norteamericana Margaret Rudd en 1956 y al catedrático Antonio Heredia Soriano en 1996, cuando Calvo ya había fallecido.

Y ¿cómo era la descripción del Rector de otros periodistas que en aquellos días visitaron a Unamuno en su domicilio de Salamanca?

A finales de noviembre, Unamuno concedió una entrevista al periodista polaco Román Fajans, y así le vio: “A medida que hablaba, la violencia de su filípica aumentaba constante­mente. No era difícil percibir que debía estar seriamente enfermo. En ocasiones, respiraba con dificultad y se ponía la mano sobre el corazón. Se veía que la vio­lencia, la amargura, la desesperación de sus reflexiones contribuían a debilitar su salud, ya precaria. Hablaba como si estuviera dictando su testamento ideológico. Sus palabras fluían con tal rapidez que se tenía la impresión de verlo inquietarse por el tiempo que le quedaba para pronunciarlas todas”.

El 23 de diciembre, recibió la visita del periodista portugués Armando Boaventura: “Su aislamiento le irritaba más, dado su temperamento intranquilo, insatis­fecho de la lucha entre el hombre de carne y hueso y el espíritu. Casi toda su conversación fue una diatriba contra todo y contra todos, y un anatema violento contra el propio Dios”.

 

15.- YA ERA TARDE PARA DON MIGUEL

Era evidente que Unamuno se hallaba en una situación psíquica desbocada, que permite comprender determinadas situaciones. Una de ellas era el lugar donde recibía a los visitantes. Siempre los recibió en su despacho, que se encontraba, según se entraba en el piso, al final de un pasillo a la derecha. Esta sala era la que daba a la calle Bordadores con un balcón, en la que había unas sencillas estanterías abarrotadas de libros, una mesa cuadrada con brasero, varias sillas fraileras y dos cuadros, uno de ellos era una panorámica del lago de Sanabria.

Pero, en el mes de diciembre, los recibía en la habitación que estaba en el otro extremo del pasillo, que asoma a un patio interior en el que sobresalía una higuera y también había una mesa camilla redonda. Esta habitación era donde la familia hacía su vida diaria. La diferencia entre un lugar y otro estriba en que mientras en esta sala interior, si Unamuno profería gritos o daba puñetazos en la mesa, no se le oía fuera, si lo hacía en la exterior, desde la calle se oía todo. De hecho, la criada, Aurelia, cambiaba el brasero de sitio porque por la mañana estaba en aquel despacho.

También explica que, cada vez que iba alguien, que normalmente había sido citado a las cuatro de la tarde, no había nadie de la familia en la casa. Todos desparecían. El visitante era conducido a la habitación interior por Aurelia, como recuerda el escritor francés Jérôme Tharaud, y Unamuno tardaba unos segundos en entrar hasta que llevara el brasero.

Otro aspecto llamativo es que, en aquel día frío de Fin de Año en que falleció, su hija Felisa saliera con su nieto Miguelín a la calle en una hora intempestiva, antes de las cuatro de la tarde, para ver un belén en la Plaza Mayor. Así actuaban porque sabían que una extremada alteración se apoderaba de Unamuno y preferían no presenciarlo.

Cuando Unamuno manifestó a Luis Calvo que cualquier día se iba a pie a Portugal, estaba reconociendo que se había equivocado y que eran los demás intelectuales quienes estaban en lo cierto, cuando con rapidez huyeron a Francia. El prestigioso periodista Manuel Chaves Nogales, director del diario gráfico Ahora, periódico republicano liberal y moderado en el que colaboraba Unamuno durante la República, partió para el exilio un mes antes de que el Rector muriera. Un consejo obrero había incautado el periódico y cada día imponía la línea editorial al “camarada director Chaves Nogales”. Igual que Unamuno, se declaró “antifascista y antirrevolucionario”, y tuvo que salir a toda prisa hacia Paris con su familia. Era el nacimiento de lo que Salvador de Madariaga llamó La Tercera España, la de los exiliados que no eran partidarios ni de los hunos ni de los otros.

 

 

 

Miguel de Unamuno (CMU)

 

José Ortega y Gasset

 

Antonio Machado, Gregorio Marañón, Ortega y Gasset y Pérez de Ayala en Segovia

 

Suscripción Nacional (Requisición de bienes)

 

Pago de 5.000 pesetas por Miguel de Unamuno (CMU)

 

Dr. Manuel Núñez Rodríguez

 

Margaret Rudd

 

Luis Calvo Andaluz

 

 

Unamuno en el despacho de su casa

 

 

 

 

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